Skip to main content

Full text of "Tierra virgen : poesías líricas, 1901-1906"

See other formats


UNIVERSITY OF NORTH CAROLINA 



BOOK CARD 

Please keep this card ¡n 
book pocket 



iA 1 


K 


lú 1 


£ 


a 




f 3 


a. 




[ s 


«IV 




5? 


...,,. 




[ S 


u 




__ 


KD 


' 




a: 


^ 


i 5 


|M í 












..-" 


i= 


S? 


} 


a 


i *s 


■X 




« 


ü¿ 




i : ? 


u; 




L3Ü? 


LÜ 




5¡ 



THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



' p q809T 
.S282 

T5 



UNIVERSITY OF N.C. AT CHAPEL HILL 



00041433467 



R e- : f 

LISANPRO SANTEUCES E. . É &H 

^ — ^ 



Hierra Virgen 



Poesías úricas 

1901-1906 



\ 




( SflNTIfWO DE CHILE 
1907 



Digítízed by the Internet Archive 
in 2013 



http://archive.org/details/tierravirgenpoesOOsant 






imlB» ■ssas!» tjell »fe? «vhnb» «ame? 

-—■■—■ . — — — — - — h * /; ; 



Prólogo 



He aquí un libro, lector mío, que lleva entre sus 
pajinas, como entre las hojas de un álbum, i diseca- 
das por manos estrañas, aquellas primeras ñores que 
en la tierra virgen de mi alma nacieron espontáneas. 

Mis versos son recuerdos i no estudios. 

Son flores i no frutos. 

Entre el perfume de sus pétalos marchitos vagan 
mis ilusiones de niño enlazadas con el hilo del en- 
sueño a las primeras amarguras de la vida. 

No soi revolucionario, i ¿cómo i por qué serlo si 
nadie nos oprime? 

Encierro en mis estrofas la poesía íntima tal como 
la dictaron a mi alma la verdad, el amor i la espe- 
ranza. 



* ^A^l^t^i» 

C -' i!| ' ", i<" ' 




uní' <» '» , , i—.,;.. 



^)e3icaforia 



($aclrc: 

Kecibe el puñado 3$ flores silvestres que 
fe ofrece el mas querido de fus retoños. 

Cisanclrc. 



-4!IH!i-#«hiiH¡ÍI!i. 



fl mi madre. 



Son tus consejos, madre querida, 
en este suelo do hai que luchar, 
bálsamo santo del alma herida, 
dulce consuelo de mi pesar! 

A débil barca tú das manejo 
por el temible mar de la vida, 
con la destreza de tu consejo 
que guía mi alma, madre querida. 



- 



Cuando azotada por la tormenta 
mi pobre barca naufragar quiere, 
mano invencible que allí me alienta 
es tu consejo que nunca muere. 



Es tan sagrada tu profecía 
en este mundo desventurado, 
que si te pierdo, luciente guía, 
¿qué hará mi barco desorientado? 

¡Ai, madre mía, te quiero tanto; 
guíame siempre por este mar; 
después... tranquilos al campo santo 
iremos juntos a reposar! 

Santiago, 1901, 



£a espiga i la rosa 



Junto al cerco de la choza 
de un sencillo labrador, 
ostentaba una alba rosa 
su frescura i su color. 

A sus plantas se estendia 
una tierna sementera, 
que a los besos se mecia 
de la brisa pasajera. 



— «¿Quién habrá, dijo la rosa 
a la espiga mas cercana, 
que se crea mas hermosa 
que mi flor, por lo galana?» 



— I o — 

«Blanca soi como la estrella; 
nadie tiene mis olores; 
soi la reina, pues soi bella, 
de las yerbas i las flores.» — 

Esto oyó la tierna espiga 
i al momento alzó la frente, 
i le dijo: «siento, amiga, 
que a mi honor lo dicho afrente». 

«Nada vale ese atavío 
en que hoi fundas tu valor, 
si recuerdas que en estío 
será mustia i seca flor.» 



«I es seguro que al mirar 
nuestro dueño, que estás muerta, 
sepultura te ha de dar 
en el fondo de la huerta.» 



«Mientras yo, rico tesoro 
del que fué mi sembrador, 
vestiré mi traje de oro 
en estío abrasador.» 



— II — 

«I después cuando mi grano 
se trasforme en alimento 
iré a ser del cuerpo humano 
fuerza, vida i pensamiento.» 

«I si un día hasta el altar 
alcanzara, por ventura, 
llegaría hasta encerrar 
de mi Dios la imájen pura.» 

«I así, pues, amiga rosa, 
algo mas es mi valor 
que la esencia primorosa 
ele tus pétalos en flor.» 

Cuantos creen, petulantes, 
como la rosa del cuento, 
figurar por sus brillantes 
ya que no por su talento. 



San Bernardo, 1901. 



£¿S9&\ js^i&z* ¿MmB 
^HH* *&ñf& tW"»* 







£a muerte del poefct. 



A Félix Guerrero V. 



Los suaves rayos de la fresca aurora, 
anunciando la luz del nuevo día, 
entraban por los vidrios hasta el lecho 
en que el poeta soñador yacia. 

Estaba triste; su mirada inmóvil 
fijábase al través de los cristales, 
sobre los verdes árboles del huerto 
mecidos por las auras matinales. 

Las tiernas rosas del jardín juntaban, 
al roce blando de la brisa inquieta, 
sus alegres corolas perfumadas 
como los sueños que forjó el poeta! 



- 14 - 

¡Cuántos recuerdos de felices días 
trajeron a su mente soñadora, 
aquellas flores del pensil frondoso 
i aquellas auras de la fresca aurora!... 

Mas, todo iba a morir; ya por sus venas 
sentía el hielo de la muerte insana, 
fatal presajio que a anunciar venia 
el fin supremo de la vida humana. 

Así lo comprendió; i allá en su frente 
vio apagarse la luz del pensamiento, 
cual se apaga la débil lamparilla 
en las naves oscuras del convento. 

Vio estinguirse su vida como estingue 
la razón el narcótico brevaje, 
desprenderse su espíritu del cuerpo 
envuelto en nuevo i celestial ropaje. 

I ascender a rejiones ignoradas, 
hasta ese mundo de verdad tan pura, 
en que no abriga el corazón deseos, 
ni se torna el placer en amargura. 



i5 



Sólo el poeta, de su fé seguro, 
la muerte espera en apacible calma, 
porque sabe que existe un paraíso 
a donde debe remontarse el alma. 



Santiago, 1901. 







BE» *S»K* ^^MCE^ * 



£éjos Sel fyogar. 



A mis hermanos. 



Siento en mi alma la nostaljia triste 
de una vida mejor, 

De una dicha suprema que no abriga 
quimérica ilusión. 

No pretendo la gloria, ni del oro 
la excelsa majestad: 

Sólo deseo disfrutar las horas 

de mi tranquilo hogar!... 



Quiero volver a la casita blanca 
de mi pueblo natal, 



i8 



Que ocultan con sus ramas los naranjos 
cubiertos de azahar!... 

Habitar otra vez mi humilde alcoba 

de balcón al jardín, 
Por do trepan floridas madreselvas 

queriéndola cubrir. 

Volverme a despertar al eco blando 

del canto matinal, 
Que entonan las canoras avecillas 

cuando empieza a clarear. 

I entonces perezoso sobre el lecho 

absorto contemplar. 
Cual se filtran del sol los rayos de oro 

al través del cristal. 

I ya en pié, descender a la pradera 

que el sol iluminó, 
I vagar por los campos aspirando 

sus auras con amor. 

Disfrutar del grandioso panorama 
la soberbia estension, 

I sentirme orgulloso de mi patria 
que tal cuna me dio. 



— i 9 — 

I al volver mas alegre del paseo 

estrechar otra vez, 
Entre mis brazos a mi madre amada 

como lo hacia ayer. 

I en medio de la paz i de los juegos 

del amor fraternal, 
A la plácida sombra de los árboles 

las tardes disfrutar. 

I en tanto los pequeños se diviertan 

pillándose entre sí, 
Quiero ver a mi amada entre las flores 

regando su jardín. 

I otra vez en las noches placenteras 
de la luna al fulgor, 

Escuchar todos juntos de la ermita 
el toque de oración... 

¡Oh paz dichosa de mi hogar querido, 
santuario de mi amor; 

Lejos de tí la vida es un destierro 
de amarga proscripción! 



20 — 



Bajo tu cielo sólo encuentra alivio 
mi enfermo corazón; 

Sólo dan el calor a mi existencia 
los rayos de tu sol! 



Santiago, 1901. 




;#\^ 

"iHiiillllllHliiiiiiiim..: 

- k<^ 




'--^..ü'IIíÜIV'iiü'ÍiüIüüh..:::.;; ;- ..■.■■.■ ■■"'¡niüililh'" - 



ToSos Sanios. 



A la memoria de Laura. 



I 



La tarde ya moria! sombrío i solitario 
el campo de los muertos mui pronto iba a quedar; 
los deudos se alejaban, i allá en el campanario 
el Ángelus sonaba con lúgubre compás. 



Las hojas de la yedra, cual negro terciopelo 
caian por las tumbas cubriendo la inscripción 
i envueltas en las rejas, alzábanse del suelo, 
las viejas madreselvas de tallo trepador. 



22 



La brisa vagarosa robaba de las flores, 
que ornaban los sepulcros, los muros i la cruz, 
los célicos perfumes; i tristes, bullidores 
sus ecos semejaban las notas de un laúd! 

Veíanse a lo lejos mujeres que mui quedas 
oraban en las tumbas con santa arrobacion, 
i el viento entrelazando las altas alamedas 
jemia entre las hojas, como ellas de dolor! 

¡Qué triste es, contemplando el muscio cementerio, 
saber que aquí debemos por siempre descansar, 
i envuelta entre las sombras de tétrico misterio, 
saber que esta es la puerta de oscuro mas allá! 



II 



Así medité entonces i proseguí el camino 
por entre aquellos árboles de aspecto secular; 
las tumbas blanqueaban, i el viento vespertino 
las flores deshojaba del tímido rosal. 

Crucé la angosta senda de altísimos cipreses 
i al fin, al pié de un sauce, sentéme con placer, 
estaba tan rendido! mas, del terror las heces 
ante un cuadro de horrores, con penas apuré! 



Vacian por el suelo los huesos esparcidos 
en medio de los cardos, zizañas i humedad, 
i entraban por las grietas de cráneos partidos 
verdosas lagartijas de horrible fealdad! 

I allí donde el cerebro ayer no mas dormía 
soñando en las ideas de un bello porvenir, 
buscando algún albergue, su pobre nido hacia 
en ese templo en ruinas el mísero reptil. 

¡Oh cielos! dije entonces, si el hombre aquí termina, 
sin duda somos obra de un ser sin perfección, 
si vuela el alma al cielo, entonces es divina 
la esencia de la vida que Dios nos infundió! 

Santiago, 1901. 




■. <í¡ ¡:í? 




ros. 



Como del sol a los rayos 
En el húmedo terreno, 
Nace el grano en cuyo seno 
Guarda el jérmen productor; 

Así en mi pecho, alma mía, 
Al fulgor de tu mirada, 
I por mi llanto regada, 
Nació la planta de amor! 



Cultiva, pues, con tus gracias 
De tiernísima paloma, 
Esa flor en cuyo aroma 
Se extasía el corazón. 



— 26 — 

Nunca cesen tus cariño?, 
Ni el fulgor de tus miradas, 
Ni tus frases empapadas 
En dulzura i en pasión. 

Mas, de tu alma la inocencia 
Guarda siempre, virgen pura. 
Que el perfume a la hermosura 
Se prefiere en toda flor. 

Que Virtud guíe tus pasos 
Pues, si ruedas al abismo, 
Ya no puede ni Dios mismo 
Devolverte tu candor. 



Santiago, 1901. 



-iii||iliiii"#-wiilllli>~ 



Jy ^¿^¿ g^jy *v=»*=ys> tA 



£os cipreses 



A Manuel Contreras M. 

Perdió Natura sus radiantes galas, 
Perdió su tinte el azulado cielo, 
I el ave en busca de calor sus alas 
Tiende a otro clima en presuroso vuelo. 

Ya en la campiña la floresta hermosa 
No luce el traje de esmaltadas flores, 
Ni en busca del clavel ni de la rosa 
Van enjambres de insectos bullidores. 



28 



Ya no ostentan altivos su follaje 
Los álamos jigantes de la huerta... 
Perdieron ya sus hojas; i el paisaje 
Silencio impone ante Natura muerta! 

Todo inspira tristeza! Allá a lo lejos 
El campo cubren amarillas hojas, 
I del sol moribundo los reflejos 
Las nieves de los Andes tiñen rojas... 

Sólo conservan su follaje umbrío, 
Insignia del dolor i del misterio, 
Presajio del sepulcro mudo i frío, 
Los cipreses del viejo cementerio! 

Así al hombre el Otoño de la vida 
Marchita sus mas bellas ilusiones, 
I persiste el dolor en su alma herida 
Cual fúnebre ciprés de los panteones! 

Santiago, 1902. 




¡¡mnilllllÜII.. pm^n 




Prisionera He amor 



Preciosa virgencita, 
imájen de mis sueños, 
¿por qué ya no contemplo 
tu frente virginal, 
ni alegre me sonríen 
tus labios ya risueños, 
ni vienen ya tus rizos 
mi frente a acariciar? 



¿Por qué de tus caricias 
la suerte me ha privado; 
acaso soi indigno 
de poseer tu amor; 



— 3o — 

acaso no palpita 
por tí más abnegado, 
aquí dentro mi pecho 
el mismo corazón? 

¡Oh, bella prisionera! 
pretenden que al olvido 
arrojes el cariño 
que ha unido a mí tu ser; 
que olvides esas frases 
de amor, que yo a tu oído 
en horas mas dichosas 
amante pronuncié. 

I el claustro solitario 
te han dado por retiro, 
do puedas tus ensueños 
de niña disipar; 
do ahogue silenciosa 
el eco de un suspiro 
de tu alma entristecida, 
la muda soledad... 

¡Oh, cielos! bien lo sabes, 
sombrío es mi destino 
en este mundo ingrato 
por do cruzando voi; 



i espinas i no flores 
encuentro en mi camino, 
i afrentas i desdenes 
en vez de protección. 

Mil veces he soñado 
llevándote mi hermosa, 
cubierta de azahares 
conmigo hacia el altar; 
i allí entreabrir risueño 
sus pétalos de rosa, 
e! porvenir que un día 
forjara mi ideal. 

Mas ¡ai! juro a los cielos, 
que un día más hermoso, 
será verdad mi sueño 
en premio de tu amor; 
i si en la lucha muero 
derramará gustoso 
por tí la última gota 
de sanare el corazón! 



Santiago, 1902. 



(Jllegro moclerafo 



Unos versos, por escrito, 
Me pidió cierto sujeto, 
Bajo el tema algo indiscreto 
Del amor i la mujer. 
I como hombre que a los quince 
En amores fui portento, 
Contéstele en el momento 
Lo que ansiaba conocer. 



El amor, le dije, amigo, 
Es la fuerza que domina, 
Que enardece, que fascina 
El poder de la razón. 



3-4 



_ 34 — 

Es el fuego que del alma 
Se trasmite por las venas, 
Cuando el hombre siente apenas 
Palpitar el corazón. 

Es el dulce i tierno afecto 
Que al espíritu embelesa 
Cuando admira la belleza 
De una májica beldad. 
Es el don que la natura 
Nos dio en cambio de la muerte, 
Aliviando así la suerte 
De la pobre Humanidad. 

El amor, en fin, penetra 
Hasta el ser menos sensible, 
Como efecto ineludible 
De esa lei universal, 
Que en la tierra, por lo menos, 
Eterniza la existencia, 
I es a un tiempo luz, esencia, 
Alma, instinto, bien i mal. 

La mujer es el oasis 
Del desierto de la vida, 
Que á su sombra nos convida 
De sus aguas a beber. 



— 35 — 

Es el néctar delicioso 
Que al beberlo nos embriaga 
Cuando amor su sed apaga 
En la copa del placer. 

Es maná que envía el cielo, 
Es la tierra prometida, 
Es la fruta prohibida 
Por la mano del Señor. 
Es la flor del paraíso 
Que al poeta amante inspira, 
Cuando en ella dulce aspira 
El perfume del amor. 

Es el bálsamo precioso, 
Es la esposa inseparable, 
Es la fuente inagotable 
De virtud i abnegación. 
Es el cielo de Mahoma, 
El orgullo del romano, 
La esperanza del cristiano, 
El Olimpo de Platón! 



Santiago, 1902. 



-«fliim #"«mipit<- 











Claro cié luna 



A C. H. A. 

Bello era el cuadro que alumbró la luna 

con su suave fulgor, 
Al rasgarse las nubes en el cielo 

cual fúnebre crespón. 

'Junto a su alcoba entre la fresca yedra 
que trepa a su balcón, 
Sentados en el banco de granito, 
estábamos los dos. 



Ella, mui triste, suavemente en mi hombro 

posaba con amor, 
Su hermosa cabecita de cabellos 

dorados como el sol. 



- 38 - 

Su mano acariciaba entre las mias, 

i el aliento sutil 
De su boca mezclábase al perfume 

del clavel i el jazmín. 

Era la noche víspera importuna 

en que debia al fin, 
Para volver de nuevo a mis estudios, 

de su lado partir. 

f ¡Que triste es separarnos, me decia, 

quien pudiera feliz, 
A tu lado vivir i para siempre 

tenerte junto a mí!» 

cNo sabes cuanto sufro, amado mió, 

cuanto he sufrido ya, 
Al pensar que en tu ausencia, ingrato un dia, 

talvez me olvidarás.» 

«No te alejes de mí, yo te lo pido, 

i si debes marchar, 
Dame tu amor que en cambio de mi pecho 

el mió llevarás » 



— 39 — 

I estrechando sus labios a mis labios 

en un beso me dio, 
Todo el amor que en su inocente pecho 

encierra el corazón. 

I al rasgarse las nubes en el cielo 

cual fúnebre crespón, 
Sonriente contempló la hermosa luna 

aquel beso de amor. 

Santiago. 1902. 



-♦^..iiiiip- 







£a Tarde 



Mil reflejos 
de su frente 
ya muriente 
lanza el sol, 
e iluminan 
en el cielo 
blanco velo 
de arrebol. 

Ya desciende 
por el prado 
el ganado 
mujidor; 
i a su casa 
con presteza, 
ya regresa 
el labrador. 



— 42 ~~ 

I del viejo 
campanario, 
centenario 
campeón; 
la campana 
enmohecida 
nos convida 
a la oración. 

I las pardas 
golondrinas, 
peregrinas 
del placer, 
por el aire 
dulce i blando 
van trinando 
al ascender. 

I la brisa 
pasajera, 
mensajera 
del jazmin, 
va contando 
sus amores 
a las flores 
del jardín. 



— 43 — 

I las bellas 
mariposas 
en las rosas 
buscan ya, 
dulce néctar 
que a sus vidas 
las perdidas 
fuerzas da. 

En los verdes 
limoneros 
los jilgueros 
a buscar, 
van su nido 
tierno amado, 
perfumado 
de azahar. 

I las voces 
arjentinas, 
las ondinas 
al reir, 
el murmullo 
de la fuente 
dulcemente 
deja oir. 



— 44 — 

De la tarde 
silenciosa 
ven, hermosa, 
a disfrutar, 
el ambiente 
saturado 
perfumado 
de azahar. 

Ven, no tardes, 
alma mía, 
que ya el dia 
va a morir; 
i yo quiero 
contemplarte 
i admirarte 
sonreír. 

I en las sombras 
que decienden 
i se estienden 
sin rumor, 
quiero hablarte 
de las cosas 
mas hermosas 
del amor! 

Los Andes, 1002. 



(Jnfe su tumba 



¡Oh, misterio insondable de la muerte, 
Do la prole de Adán por fin se iguala, 
Do la ciencia sus límites señala, 
Donde el jenio no ilcanza a penetrar; 

Disipa un solo instante las tinieblas 
Que cubren el abismo de la tumba; 
Precipicio voraz do se derrumba 
La turba de los hombres sin cesar!... 



Aquí bajo este mármol una tarde 
Vi por siempre ocultarse ante mis ojos^ 
De Aminta idolatrada, los despojos, 
Encanto de su hogar tan sólo ayerl 



- 46 — 

— Desciende de los cielos, alma mía, 
Ilumina mi frente pensadora, 
I haz que pueda saber en donde mora 
La esencia luminosa de tu ser!... 

Oh! dime si después que se cerraron 
Para siempre tus párpados de rosa, 
Se han abierto a la luz esplendorosa 
De algún mundo que existe mas allá. 

Si otra vez ha tomado nueva forma 
El alma de tu cuerpo desprendida, 
I radiante de luz a nueva vida 
Tu espíritu inmortal ha vuelto ya. 

Si esa imájen que llevas es mas bella 
Que la dulce i anjélica figura, 
Que hoi encierra esta helada sepultura 
Privada de la luz i del calor. 

Si te es dado pensar en esta tierra 
I evocar los recuerdos de esta vida, 
En que frescas aun de tu partida 
Las lágrimas están de mi dolor! 

Hermosa Aminta, desde el triste día 
En que dejaste los paternos lares, 
No han vuelto a perfumar los azahares 
La fresca brisa que besó tu sien. 



— 47 — 

No ha vuelto a florecer la madreselva, 
Ni han tornado a tejer sus blandos nidos 
El jilguero en los árboles floridos, 
I el parlero zorzal en el maiten. 

Mas tristes sus botones han abierto 
Las frescas rosas del jardín ameno, 
I hasta el arroyo de tristeza lleno 
Por tu nombre te llama al susurrar. 

Las abejas en busca, a tu ventana, 
No vienen del clavel a los aromas; 
I arrullan a tu puerta las palomas 
Creyendo las querrás acariciar. 

Todos lloran tu ausencia en este valle: 
En la ermita la Vírjen de Dolores, 
No ha visto renovar aquellas flores 
Que tu mano dejó sobre su altar 

Con qué pena los tiernos corderillos 
Se alejan del redil por la mañana; 
I qué triste se escucha en la besana 
El canto del labriego resonar! 

Aminta! vuelve a tu paterno nido 

Antes que asome en el oriente el día, 
I cambíese el dolor en alegría, 
I la duda mortal en realidad. 



— 48 — 

Surje hermosa, otra vez, de tu sepulcro 
En que mi triste corazón se abisma, 
Que es mas dulce, talvez, la muerte misma 
Que sufrir tan amarga soledad! 

Los Andes. 1902. 



«■'■©•««mullí»- 




£a 



rtoma 



De frescos azahares 
la frente ceñida, 
el traje i el velo 
de blanco color; 
cruzó la ancha nave 
serena i altiva 
risueño el semblante, 
la pálida niña 
que a dar iba pronto 
su fiel corazón. 



El templo, la orquesta 
llenó de armonías, 
al tiempo que al ara 
la novia llegó; 



_ 5 o — 

i el buen sacerdote, 
el alba vestida, 
amante i severo, 
la frente tranquila, 
la joven esposa 
bendijo ante Dios. 

En blandos cojines 
postróse rendida, 
ferviente, inclinada 
la púdica faz; 
i amparo a los cielos 
amante pedia 
la joven esposa, 
la pálida niña 
que tanto deseaba 
tener un hogar. 

¿Por qué de los cielos 
lo novia bendita, 
humilde, postrada 
al pié del altar, 
al Dios poderoso 
amparo pedia, 
al ver realizado 



— 51 — 

su sueño, i la vida 
tornaba sus dudas 
en fiel realidad? 

— No sé; mas yo creo 
que no es alegría 
aquello que reina 
al verse cumplir 
la dulce esperanza, 
que alegra i anima 
las jóvenes almas 
que cifran su dicha 
en verse mimadas 
de un novio jentil. 



Alzóse la novia, 
la frente sombría, 
abrióse la puerta, 
cerróse el atril; 
cruzó silenciosa 
de amigos la fila, 
1 al coche de bodas 
subió pensativa, 
i esposos i amigos 
partieron al fin. 



- 52 - 

El mudo silencio 
siguió a su partida, 
en tanto que triste 
pensé para mí: 
no hai goce en la tierra 
de franca alegría, 
ni creo que puedan 
dos almas unidas 
con falsas promesas 
dichosas vivir. 

No creo que encuentren 
placer en la vida, 
dos almas que nunca 
sintieron amor: 
amor inocente 
que al alma le inspira 
los tiernos afectos, 
las dulces caricias, 
hermosas ofrendas 
de un fiel corazón 

Por eso a vosotras 
¡oh! vírgenes pálidas, 
que amáis el aroma 
sutil del salón; 



— 53 ~ 

jamas os engañen 
las frases mentidas, 
que es triste, mui triste, 
de novia vestida 
pedir a los cielos 
amparo de Dios. 



Santiago, 1902. 



i»-#-rtOlP*- 



rpem 







Acuérdate ele mí...! 



Cuando vuelva la hermosa primavera 
de perfumadas flores a cubrir, 
los nardos, los claveles i las rosas 
que adornan tu jardin; 
I vuelva a florecer la madreselva 
donde amantes, un dia mas feliz, 
me brindaste tu amor, amada mía: 
¡acuérdate de mí! 

Cuando vuelvan de nuevo los naranjos 
con sus flores mas blancas que el marfil, 
ajitando sus copos de azahares 
el aroma a esparcir; 



- 5 6- 

I vuelvas a admirar como fabrica 
el jilguero su nido tan feliz, 
oculto entre los blancos ramilletes: 
¡acuérdate de mí! 

Cuando vuelva otra vez el sol de estío 
de sazonados frutos a cubrir, 
los sembrados, los árboles frutales, 
i la jugosa vid; 
I vuelvas en las horas de la siesta, 
en busca de algún pámpano sutil, 
a recorrer alegre los parrales: 
¡acuérdate de mí! 

Si vuelves en las tardes deliciosas 
a recorrer los sitios en que vi, 
con la inocencia del amor primero, 
tus labios sonreír; 
I vuelvas en las noches silenciosas 
a adormecer tu mente juvenil 
en brazos de algún sueño venturoso: 
¡acuérdate de mí! 

Cuando vuelva el otoño de hojas secas 
la arboleda i los campos a cubrir, 
i a deshojar las postrimeras rosas 
que adornan tu jardin; 



— 57 — 

I contemples las pardas golondrinas 
que ingratas abandonan al partir 
el blanco alero que albergó sus nidos: 
¡acuérdate de mí! 

I al volver a admirar entristecida 
el desnudo paisaje del Abril, 
iluminado por los tenues rayos 
del sol que va a morir; 
I al escuchar el toque de la ermita, 
del cielo tu oración vuelva a pedir 
la paz de los que duermen en las tumbas: 
¡acuérdate de mí! 

Cuando vuelva el invierno crudo i frío, 
desafiando su saña a interrumpir, 
desolando los campos con las aguas 
que desborda el pretil; 
Al contemplar tu alma enternecida 
desnudo el árbol que albergó feliz 
el nido de dos tiernos pajarillos: 
¡acuérdate de mí! 

Al escuchar la lluvia i el silbido 
del cierzo que en la selva hace crujir 
las ramas de los árboles jigantes 
que desnudó el Abril; 



- 58 - 

I al estallar el trueno entre las nubes, 
haga tu blando sueño interrumpir, 
i medrosa en tu lecho al cielo implores: 
¡acuérdate de mí! 

Cuando llegue aquel dia en que la muerte 
apague de mi vida el existir, 
i el mundo se oscurezca ante mis ojos 
en la noche sin fin; 
I vayas a mi féretro enlutado, 
si movida a piedad llegas a ir, 
al contemplar mi cuerpo entre los cirios: 
¡acuérdate de mí! 

I si llegas un dia el campo santo 
a recorrer buscando a quien sentir; 
no busques mausoleo, hermosa mía, 
que yo no estaré allí; 
Busca a la sombra de un ciprés marchito 
mi nombre en una lápida infeliz, 
i si rueda una lágrima en tus ojos: 
¡acuérdate de mí!... 

Santiago, 1902. 



Te i Duda 



A Gaspar Toro B. 



No sé por qué yo busco 
la paz del cementerio, 
las losas de las tumbas 
la sombra del ciprés; 

No sé por qué mi alma 
se aviva ante el misterio 
que la razón del hombre 
no alcanza a comprender. 



No sé por que me encanta 
el día moribundo, 
en medio del silencio 
de la ciudad sin luz; 



— 6o — 

Donde el que halló pequeño 
a su soberbia un mundo, 
halló después de muerto 
mui grande un ataúd. 

No sé por qué yo encuentro 
las horas mas dichosas, 
cuando en las tardes tristes 
al ocultarse el sol, 

Contemplo los sepulcros 
entre floridas rosas, 
i escucho de los muertos 
el toque de oración. 

No sé por qué a mi espíritu 
jamas han inspirado 
temor las negras cruces 
que cubren el panteón; 

Ni las heladas criptas 
de mármol cincelado, 
de la locura humana 
la vanidad mayor. 

Tal vez será que el alma 
que aquí en mi ser reside, 
en vez de ver tan sólo 
la losa sepulcral, 



— ÓI — 

En ella ve la entrada 
que a la materia impide 
el paso hacia esa vida 
que existe mas allá. 

¿Será verdad? — Quien sabe; 
yo dudo, i siempre busco 
las losas de las tumbas, 
la sombra del ciprés; 

I en medio de un océano 
de ideas ¡ai! me ofusco, 
sin que ese enigma eterno 
alcance a comprender 

Tan sólo queda en mi alma 
aquella fe cristiana 
que desde mui pequeño 
mi madre me inculcó, 

I que la ciencia en vano 
por estinguir se afana, 
que como flor parásita 
se aferra al corazón. 



Santiago. 1902. 



Primaveral. 



A Arcadio Letelier G. 



Ya de la aurora los cabellos rubios, 
en dorados efluvios, 

se esparcen por la bóveda infinita, 

al asomar alegre por oriente 
su coronada frente 

anunciando del sol la luz bendita. 



Se ocultan vergonzosas las estrellas, 
humildes pero bellas, 

tras del inmenso i azulado velo, 

en que bordan albísimos celajes 
los flotantes encajes, 

que hacen de boda engalanarse al cielo. 



- 64 - 

¡Qué derroche de luz i de belleza, 
cuando a nacer empieza 

la hermosa primavera nos ofrece, 

desde el Andes de nieve coronado 
hasta el mar azulado, 

donde él copo de espuma se estremece! 

Todo despierta de la augusta calma 
en que dormia el alma 

de la grande i feraz Naturaleza: 

abandonan las larvas sus capullos, 
i con tiernos arrullos, 

anuncia el ave que la vida empieza. 

Abre sus brotes la fecunda planta, 
i hasta el cielo levanta 

el bosque secular su augusta frente, 

i estremece el león con su hondo grito 
las moles de granito 

en que azota sus aguas del torrente. 

Sacude el aura juguetona i leda, 

los pétalos de seda 
del blanco lirio en que a beber se posa, 
como una piedra de rubí engastada, 

esa visión alada 
que el hombre bautizó por mariposa. 



- 65 - 

Abren sus broches las fragantes flores, 

de variados colores 
matizando el verdor de la pradera: 
i entreabren los duraznos sus perlados 

capullos sonrosados, 
en que liba la miel la abeja obrera. 

Construyen blando nido los jilgueros 

de frescos limoneros 
entre aromosos copos de azahares, 
que el polvo de oro de su polen rubio, 

en ardoroso efluvio, 
fecunda los ovarios celulares. 

La tierna sementera el buen labriego 

con abundante riego, 
i esmerado trabajo fertiliza; 
i sonríe al mirar la dulce esposa, 

que en la cercana choza 
alegre canta i el hogar atiza. 

Demandan libertad alborozados 

los tordos enjaulados, 
en los aleros que el jazmin perfuma; 
i llama a la gallina algún polluelo 

que en el manso arroyuelo, 
no se atreve a mojar su rubia pluma. 

5-6 



— 66 — 

I en tanto un cervatillo ansioso mama, 

otro triste reclama 
de su perdida madre las caricias; 
i en los blancos i altísimos perales, 

los parleros zorzales 
apuran del amor dulces primicias. 

Todo sonríe de la luz al beso 

en delirante exceso, 
al cubrirse de flores la pradera; 
hasta el aura de aromas impregnada 

anuncia la llegada 
de la hermosa i alegre Primavera. 

De su sueño invernal despierta ufano 

el rico i fértil llano 
que de sus frutos a gustar convida, 
i a los dormidos jérmenes despierta 

a proseguir la incierta 
e imperdurable lucha por la vida. 

Toda Natura del amor proclama 

la fecundante llama 
que la savia i la sangre eterno ajita, 
i del hombre hasta el alga mas pequeña 

en demostrar se empeña 
esa lei inmortal, grande, infinita! 

Los Andes, 1902. 







s 



ueno de amor 



Soñaba que allá mui lejos 
en una hermosa campiña, 
a las orillas de un río 
i en una casa mui linda; 
disputábamos felices 
las horas de nuestra vida, 
yo siempre amante a tus ruegos 
i tú siempre complacida. 



Que allí nada nos faltaba 
porque criados tenia 
que cultivaban el campo, 
donde arrojar la semilla 
para cojer en estío 
haces de rubias espigas... 



— 68 — 

Que al despertarme la aurora 
al campo me dirijia, 
a disponer las faenas 
en nuestra hermosa campiña, 
para que siempre la tierra, 
al mostrarse agradecida, 
no dejara de brindarnos 
con el pan de cada día. 



I que en tanto los criados, 
sus arados dirijian, 
yo entonaba las canciones 
de nuestra niñez querida, 
i a lo lejos divisaba, 
por entre acacias floridas 
i cargados limoneros, 
nuestra preciosa casita 
medio oculta entre las flores 
de los guindos i las lilas; 
con sus balcones cuajados 
de madreselvas floridas, 
que por mirarte en tu lecho, 
hermosísima María, 
juntaban a los cristales 
sus fragantes florecillas. 



-6 9 - 

En medio de aquel silencio 
oh! cuan feliz me sentía, 
al pensar que trabajaba 
para el ser cuyas caricias 
ante Dios i ante los hombres, 
sólo a mí pertenecían!... 

Soñé, también, que al volver 
del trabajo cada día 
salias a recibirme 
para endulzar mis fatigas; 
i que juntos de la mano, 
i cojiendo florecillas, 
i aspirando los aromas 
que nos traían las brisas 
que jugaban con los rizos 
que en tu frente se mecían, 
siempre alegres i risueños 
cruzábamos la campiña 
para llegar a la reja 
de nuestra hermosa casita 
que ocultaban los naranjos, 
los bambúes i las lilas... 

Que después de disfrutar 
nuestra bendita comida, 



— 70 — 

sentados al mirador 
de una blanca torrecilla, 
contemplábamos amantes, 
la dilatada campiña, 
que iluminaban las luces 
agonizantes del día; 
i el río que reflejaba 
en sus aguas cristalinas 
los perfumados canelos 
que poblaban sus orillas. 

I que en mi hombro recostabas 
tu preciosa cabecita, 
«como esconde bajo el ala 
su cabeza la avecilla;» 
i que besaba tu frente, 
i que te hacia caricias, 
i que al fin entre mis brazos 
dulcemente te dormías!... 

Aquí llegaba mi sueño 
cuando mi madre querida, 
me dijo: «Despierta, niño, 
i di por qué sonreías, 
i si el nombre que te he oído 
es causa de tu sonrisa». 



— n — 

Confieso que en ese instante 
contestarla no sabia; 
pero al fin la dije: «Madre, 
téngase usted, no me riña, 
soñaba con el pasaje 
de una novela mui linda». 

Santiago, 1903, 




; f A %3 * 



$}ircmclo fu reíraío. 



Cuántas cosas tus ojos me revelan 
en el fulgor de tu mirar sereno, 
cuántas cosas me dice esa sonrisa 
que juega entre tus labios con empeño! 

Qué hermosa i soñadora es esa frente 
que encierras en el marco de tu pelo, 
i esa sedosa cabellera suelta 
que acaricia la nieve de tu cuello! 



I esas mejillas frescas i rosadas 
i mas suaves aun que el terciopelo, 
i esos preciosos bucles que descienden 
con amor a posarse entre tus senosl... 



74 



Todo lo encuentro hermoso en tu retrato, 
pero me agrada mas que tu diseño, 
ese aire pensador en que revelas 
de tu alma enamorada los misterios. 



Santiago, 1903. 



-♦"-©■•O- 



Tú 



i yo. 



Yo soi un barco que de la vida 
el mar sin playas cruzando va; 
luchando siempre con la tormenta 
en que se ajita la humanidad. 



Tú eres la estrella, que allá en el cielo 
de mi destino brilla sin par; 
siempre mostrándome el mundo ignoto 
que todos llaman felicidad. 

Santiago. 1903. 



Anhelos. 



Quisiera ser la brisa perfumada 
cuando recorres tu jardín ameno, 
para mecer los bucles de tu frente 
i el perfume aspirar de tus cabellos! 

Quisiera ser la rosa purpurina 
prendida entre la nieve de tu seno, 
para sentir el fuego de tu alma 
i escuchar los latidos de tu pecho! 



Quisiera ser la imájen que sostiene 
el cordón que se enlaza de tu cuello, 
para beber entre tus labios rojos 
el néctar delicioso de tus besos! 



- 78 - 

Quisiera ser en fin, amada mia, 
la seda de tu artístico pañuelo, 
para besar tus párpados de rosa 
i aprisionar las lágrimas de fuego! 



Santiago, 1903. 



Kogctcl por mí. 



A las hermanitas Adelida i Nelly Loyola V. 

Ah! dichosas vosotras, almas puras, 
que lejos de este mundo vanidoso 
disfrutáis la ventura i el reposo 
que ofrece la mansión de la virtud. 

Allí donde su aroma la pureza 
esparce mas fragante que las flores, 
allí donde no llegan los clamores 
a turbar de las almas la quietud. 



Allí donde con mano cariñosa 
os cuidan esos ánjeles del cielo, 
que se ocultan humildes bajo el velo 
que bendijo la mano del Señor. 



8o 



Allí donde os señalan el camino 
que al través de esta vida nos conduce 
a la santa mansión en que reluce 
La llama celestial del Creador. 

Allí donde la luz del nuevo dia 
no empaña al a ornar sus rayos puros, 
alumbrando la charca do inseguros 
se revuelcan los hombres sin razón; 

allí donde se elevan hacia el cielo, 
cual bandada de blancas mariposas 
que abandonan el cáliz de las rosas, 
mil plegarias al toque de oración.... 

Ah! sí; de vosotras, almas puras, 
de vuestros labios que de Dios el nombre 
no manchan, como a veces los de hombre 
que arruina el templo de su hermosa fe; 

sí, de vosotras, por amor del cielo 
imploro una oración santa i bendita 
para mí, que tal vez la necesita 
mas que el impío que a su Dios no ve. 

De vuestros pechos candorosos, puros, 
como botones de azahar florido, 
de la campaña al lúgubre jemido 
alzad al cielo una oración por mí. 



— 8i — 

Por mí, que del mundo en el combate 
siento a veces que el alma desfallece, 
que me faltan las fuerzas, que enmudece 
esa voz de los cielos que ofendí. 

Cuando de vuestros labios se desprenda 
la plegaria en mi nombre murmurada, 
vendrá del cielo una visión alada 
vuestras candidas frentes a besar; 

i en ese instante sentiré en mi oido 
una voz que me dice: «Desdichado, 
por tí dos almas puras han rogado, 
i Dios quiere tus culpas perdonar». 

Oh! qué bello será para mi entonces 
sentirme de mis culpas sin el peso 
i sentir en mi frente el mismo beso 
con que el cielo bendijo esa oración. 

I seguir combatiendo altivo i fuerte, 
después de recobrar mi fe perdida, 
las recias tempestades de la vida 
que ajitan sin cesar el corazón! 

Débil barco sin rumbo es la existencia, 
océano, la tierra que habitamos, 
preciosa carga, el alma que llevamos 
rumbo, el camino a celestial mansión; 



82 



tempestad, el honor, la fé perdida, 
lejana playa, nuestra tumba helada, 
puerto seguro, la oración sagrada, 
naufrajio, la perpetua corrupción. 

Esa es la vida i su mentido halago, 
que a vuestra vista os pareciera hermosa, 
porque oculta su flecha venenosa 
bajo el ropaje de sus galas mil. 

Veréis vosotras, cuando un dia al mundo 
salgáis para cumplir vuestro destino, 
como deja en las zarzas del camino 
sus blancas alas la ilusión jentil! 

Santiago, 1903. 







®r *3«f«s«» ^x&s* 



Tus besos 



Son tus besos más dulces, bien mió, 
que el fugaz i dulcísimo aroma 
que despiden los copos de azahares 
con que cubren su frente las novias. 

Son tus besos mas dulces que el néctar 
que en su cáliz encierran las rosas, 
cuando entreabren al sol del estío 
embriagadas de amor sus corolas. 



Son tus besos mas dulces que el aura 
que acaricia las púdicas hojas 
de los lirios azules que nacen 
del arroyo a las plácidas hondas. 



8 4 



Son tus besos mas dulces, bien mió, 
que la lluvia impalpable de notas 
que la mano del jenio sorprende 
del laúd en las cuerdas sonoras. 

Son tus besos tan delces, María, 
que al rozar con mis labios tu boca, 
siento en ellos el gusto esquisito 
de la miel cristalina i sabrosa. 

Son tus besos tan dulces, mi amada, 
que sólo ellos endulzan las horas 
de esta vida que abruma i marchita 
la flor del ensueño que el alma aprisiona. 

Santiago, 1903. 



-'IIIIIH'"®-'"»!»'- 



Pasionaria 



En una apacible tarde 
de la hermosa primavera, 
bajo las ramas floridas 
de las viejas madreselvas, 
sentados en un escaño, 
del jardin junto a la reja, 
mientras contemplan las flores 
que tapizan la pradera, 
i del lago cristalino 
las candidas azucenas, 
que a las caricias del céfiro 
con amor los lirios besan: 
los dos esposos felices 
de sus amores conversan, 
mientras reclina la esposa 



— 86 — 

dulcemente la cabeza 
sobre el hombro de su dueño, 
que las sedosas madejas 
de sus dorados cabellos 
acerca a su boca i besa. 

— ¿Recuerdas, Olga, esos dias, 
aquellas horas funestas 
llenas de duda i quebrantos, 
de mil inquietudes llenas; 
cuando mientras en mi pecho 
ardia la fe sincera 
de la pasión con que adora 
el corazón del poeta; 
tú dudabas del cariño 
que aquí en mi pecho naciera 
aquel dia en que mis ojos 
te vieron por vez primera, 
mas hermosa que las flores, 
mas pura que las estrellas, 
i que en vano yo trataba 
de demostrarte que tú eras 
la que inspirabas mis versos, 
i aquellas caricias tiernas 
que al prodigarte mis labios 
te hacian temblar inquieta? 



- 8 7 - 

— Ah! no te acuerdes, bien mío, 
de aquellas horas funestas, 
en que tu fé no estimaba 
la que es hoi tu compañera; 
pues a comprender jamas 
llegué tu pasión sincera, 
ni los nobles sentimientos 
que ocultos en tu alma llevas, 
i que ahora son la dicha 
de mi plácida existencia. 
Olvida, mi amado esposo, 
aquellas horas inciertas 
cuando esquivé tu cariño 
i que ahora me avergüenzan. 
Recuerda que ya soi tuya 
para siempre en esta tierra, 
que tú eres mi único dueño, 
que yo soi tu compañera. 

— Ah! no, mi amada, es tan dulce 

recordar la edad primera, 

en que lucha el corazón 

i en que el alma se desvela 

por alcanzar el cariño 

de la mujer hechicera 

que cautiva los sentidos 



i el pensamiento encadena.. ... 
Es tan dulce recordar 
de aquella amorosa guerra 
los combates en que al fin 
triunfante el amor saliera; 
de aquellas noches sombrías 
cuando abismado en mis penas, 
fiel rondaba a tu balcón 
esperando que salieras 
para verte, amada mia, 
un solo instante siquiera. 

Aun recuerda mi memoria 

aquella noche siniestra 

en que la lluvia caia 

sobre la plaza desierta, 

i en que al sernos imposible 

un momento hablar siquiera, 

te acercaste a la ventana 

como tímida gacela, 

i al través de los cristales, 

como amante prisionera, 

me diste el beso mas dulce 

que tus labios darme puedan. 

¿Te acuerdas? — Siempre, Florencio, 

i olvidarlo no pudiera, 



-8 9 - 

pues que tú me has enseñado 
a conservar lo que lleva 
algún recuerdo bendito, 
del amor sagrado emblema. 
Mas, no me hagas padecer 
ni mi espíritu entristezcas, 
trayéndome a la memoria 
esos recuerdos que dejan 
la amargura de un mal sueño 
que hasta el alma nos enferma. 

— Ah! medita cuál seria 
de mi corazón la pena 
las veces que te miraba, 
i en vez de verte risueña, 
sorprendía en tu semblante 
de tu desamor la huella! 



¡Oh! mi amada, en esta vida 
de mil inquietudes llena, 
son muchos los que al destino 
la mustia frente doblegan. 
Son muchos los que se alejan 
de la amada i cara tierra, 
en que gozaron su infancia 
i un dia nacer les viera; 



— QO — 

pero pocos los que vuelven 

por la disputada senda, 

que del honor i la gloria 

el esplendor hermosea. 

Ah! son muchos los que en cambio 

del oro la vida arriesgan 

buscando entre los abismos 

del océano las perlas; 

pero pocos los que vuelven 

de esas profundas cavernas 

a ver las fragantes flores 

de la hermosa primavera. 

Son muchos los que, sedientos 
de renombre i de riquezas 
de sus barcos temerarios 
sueltan al viento las velas, 
buscando remotas playas 
donde tesoros ofrezcan, 
i abundantes producciones, 
ricas i fecundas tierras; 
pero pocos los que tornan 
de aquellas rutas inciertas 
a contar a los que vieron 
soltar al viento sus velas, 
las riquezas que encontraron 
en las tierras descubiertas 



— 9i — 

Por eso, mi amada esposa, 
siempre mi mente recuerda 
de aquellas pasadas horas 
las amarguras i penas, 
las tristezas i las dudas 
de mil inquietudes llenas, 
que al fin para poseerte 
he tenido que vencerlas; 
i aquí me tienes al fin 
llamándote compañera, 
recibiendo como premio 
la virtud de tu alma buena. 
I al escuchar de tus labios 
la voz amorosa i tierna, 
me parece que es un sueño 
de que tú la misma seas, 
que un dia dudó el cariño 
que aquí en mi pecho naciera 
al fuego de tus miradas 
i de tus sonrisas tiernas 
a la inocente caricia 

Devuélveme, compañera, 
de mi vida los instantes 
de amarguras i de penas, 
que por hacerte dichosa 
en silencio padeciera? » 



— 9 2 — 

I estrechando entre sus labios, 
como el lirio a la azucena 
los labios de su adorada, 
frescos como las cerezas, 
la dio un prolongado beso 
que el eco imitó en la selva 
de perfumados canelos; 
mientras descendieron ledas 
por las mejillas rosadas 
de la dulce compañera, 
dos lágrimas cristalinas, 
del amor sagrada ofrenda, 
que a la luz del sol brillaron 
como dos líquidas perlas 



Santiago. 1903. 



-iHltllti""# Uliíi 



^Flores marchitas 



En vano busco en tus hermosos ojos 
La mirada de amor que tanto ansio; 
En vano busco la sentida frase 
Que alegre el corazón, mate el hastío. 

En vano quiero trasmitirle el fuego 
Que enardece la sangre de mis venas; 
En tu amistad sincera, en vano quiero 
Hallar alivio a mis amargas penas. 



En vano quiero convertir tu pecho 
En el santuario de mi amor sin nombre; 
En vano busco la suprema dicha 
Que Dios ha dado en la mujer al hombre. 



94 



¿No eres tú, acaso, la ilusión que un dia 
Forjó mi mente enamorada i loca; 
Ese ideal de amor i de ventura, 
De ojos ardientes, purpurina boca? 

¿No eres tú, acaso, la risueña imájen 
Que tantas veces perturbó mi sueño, 
Con sus besos de amor i sus caricias 
Diciéndome feliz: «Eres mi dueño» ? 

¿Talvez el fuego de mi voz no alcanza 
A conmover las fibras de tu pecho; 
Ni ese tu helado corazón, bien mió, 
Mi ardiente ruego estremecer ha hecho? 

¡Oh, dulce imájen de mi amor de niño, 
Hermoso sueño de la edad florida: 
Ilusiones de amor, frescos botones 
Que entreabre la mañana de la vida! 

Inútil es buscar en este suelo 
Realidad a tan vividos fulgores: 
De nuestra juventud los ideales 
Ss marchitan a un tiempo con las flores! 

Santiago. 1903. 







Ofrenda fúnebre 



(A mi amigo Alejandro Madrid O.) 



Aquí, junto a esta tumba silenciosa, 
Vengo a cumplir con el deber mas santo, 
Rindiendo a vuestra madre cariñosa, 
Que luego dormirá bajo esta losa, 
El eterno homenaje de mi llanto. 



II 



Amigo, no te aflijas; esta v ; da 
Es el largo desierto que cruzaron 
Los hijos de la raza protejida, 



-96 - 

Por llegar a la tierra prometida 

En que un dia a su Dios crucificaron. 

III 

Maná, que nuestras almas alimenta, 
Es la voz del ministro que en el templo 
A sufrir nuestra carga nos alienta, 
I la fé del espíritu acrecienta 
En las luchas del mundo con su ejemplo. 

IV 

Aquí todo es pesar, todo amargura, 
Todo miseria cuanto en torno vemos; 
Do siempre se marchita prematura 
La atesorada flor de la ventura 
Por mas que en cultivar nos esforcemos. 



V 



Aquí todo es miseria, la grandeza 
Con un grano de arena se derrumba, 
I el placer, y la holgura, y la riqueza, 
Confundida la plebe i la nobleza, 
Rueda al mísero polvo de la tumba! 



- 97 — 

VI 

El cielo contemplad de goces lleno, 
I pensad un momento en esta vida, 
En que ruedan los malos por el cieno 
Salpicando la túnica del bueno 
Por echarle la culpa cometida. 

VII 

¡Oh! felices aquellos que triunfantes, 
Abandonan la humana vestidura, 
I ajenos a dolores incesantes, 
Igualan a los ánjeles radiantes 
Llenos de gracia i celestial ventura. 

VIII 

La muerte no es el fin de la existencia, 
Sino sólo el final de una jornada, 
En que cambia de forma en apariencia 
Esa sublime i misteriosa esencia, 
Que existe en nuestro ser aprisionada. 

7-8 



- 9 8 



IX 



La muerte es sólo el cambio repentino 
Que el término señala de la vida, 
I el comienzo triunfal de ese camino 
Que debe recorrer en su destino 
El alma de la forma desprendida! 



La muerte, pues, amigo, no es aquello 
Que llamamos la eterna despedida; 
Es sólo aquel instante en que un destello 
De la bondad de Dios, a un mundo bello 
Nos hace renacer con mejor vida! 



XI 



Vuestra madre no ha muerto; su memoria 
Vive en vosotros, porque siempre os quiere, 
I os lo ha dicho el poeta de la historia: 
«La materia inmortal, como la gloria, 
Cambia de forma pero nunca muere.» 



99 



XII 



No ha muerto, no; la funeraria losa 
Sólo sus restos aprisiona ya: 
Mientras sus ojos en la vida hermosa 
Se han abierto a la luz esplendorosa 
De ese mundo que existe mas allá. 

XIII 

Desde allí donde está, desde ese cielo 
En que premia a los buenos el Dios santo. 
Os está acompañando en vuestro duelo 
I enviando sus palabras de consuelo 
Las perlas a enjugar de vuestro llanto. 

XIV 

Ella no ha muerto; de su hogar querido 
También deplora la perdida calma, 
I alguna vez escucharéis dormido 
Que una celeste voz dice al oído: 
«No llores que contigo está mi alma». 



JOO 



XV 



Sólo aüí el premio recibir podia 
Su corazón tan noble i jeneroso, 
Que en medio de su hogar de amor ardía 
Como la aurora del naciente dia 
Entre las flores del rosal frondoso. 

XVI 

I verás que si Dios os la ha llevado 
Premiar tan sólo sus virtudes quiso; 
I desde el seno del hogar amado, 
En un lampo de luz, la ha trasportado 
A la gloria inmortal del Paraíso. 

XVII 

Bendecid su memoria; i cariñosa 
Os verá desde el cielo con orgullo, 
Cuando vais a tejer sobre su losa 
Frescas guirnaldas de azahar i rosa, 
En que es beso ele amor cada capullo! 



IOÍ 



XVIII 



Tributad homenaje al ser querido 
1 en su dulce recuerdo hallad consuelo, 
Que así vuestro deber habréis cumplido 
Como buen corazón agradecido 
de ese ser inmortal que está en el cielo. 

Santiago, 1904, 



£os nomeotaicUs. 



(Fragmento de un poema}* 

Era una tarde del Agosto hermoso, 
allá cuando las tímidas violetas 
empiezan a asomar sus cabecitas 
blancas cuál la ilusión de los poetas. 

Lo recuerdo muí bien; a buscar flores 
aquella tarde fuimos por los campos 
a la hora en que el sol enrojecía 
las nieves de los Andes con sus lampos... 

— «Ven, me dijo, a cojer los nomeolvides 
emblema de mi amor i mi constancia, 
que este ramito para tí cojido 
un recuerdo será de nuestra infancia.» 



— 104 — 

De rodillas estaba, i con sus manos, 
frescas como los pétalos de rosa, 
de la menuda yerba desprendía 
las pequeñas florcillas, afanosa. 

Me arrodillé a su lado, i con ternura 
un ramito también de aquellas flores 
formé para que en ellas recordara 
el emblema inmortal de mis amores. 

Al volver esa tarde del paseo 
contemplando las quintas i los prados, 
cuyas casas en forma de castillos 
adornan con sus flores los granados; 

Sus labios sonrosados me decían, 
con amoroso acento en el oído: 
i En una casa así, nos amaremos 
como tiernos jilgueros en su nido!» 

¿I después?... pobrecita! la perdono: 
en un sólo momento de estravío, 
marchitó mis ensueños, cual las flores 
cuando el sol les absorbe su rocío.... 



- ios — 

¿Despertará tu corazón, María, 
al recuerdo invitando tu memoria? 
;Te acordarás de mí cuándo tus ojos 
sorprendan el secreto de esta historia?.. „ 

Acuérdate, mujer, de aquellas horas 
de virtud i de amor i de delicias, 
en que tú eras feliz... porque te amaba, 
i en que yo era feliz... con tus caricias' 

Santiago, 1904. 



-«►♦<«•►- 



Otoñal. 



A Julio Wevar B. 

Todo parece que la muerte aguarda 
cuando los campos el Otoño viste; 
hasta en el cielo oscuro el paso tarda 
el sol envuelto entre la nube parda, 
como un anciano demacrado i triste. 



Todo inspira tristeza, por doquiera 
que contemple Natura silenciosa; 
el torrente rasgó de la pradera 
el manto de verdor que Primavera 
bordó con flores de azucena i rosa. 



— 108 — 

El bosque añoso su follaje umbrío 
contempla por el suelo desgreñado 
i al pensar en las hojas que en estío 
vio reflejarse en el cristal del rio, 
alza hasta el cielo sus desnudos brazos. 



I allá lejos, al pié de la montaña, 
desnuda está la huerta en que sus nidos 
tejieron los que alegran la cabana, 
cuando el ardiente sol los copos baña 
de los silvestres árboles floridos. 



No perfuma el ambiente el jazminero 
como en los gratos días de verano, 
cuando haciendo sosten de algún madero, 
cubria con sus flores el alero 
ansioso de admirar el fértil llano. 



La amante esposa del labriego honrado 
la rubia espiga i el maíz desgrana, 
para dar a sus hijos pan dorado 
cuando en los días del invierno helado 
ir no se pueda a la ciudad cercana. 



— 109 — 

I el pobre labrador, siempre sumiso 
de su nativo suelo a los rigores, 
recoje el fruto que brindarle quiso 
ese amado rincón del paraíso 
donde tejió el nidal de sus amores! 

Feliz es él, que de la vida ignora 
la eterna lucha que a los pueblos daña, 
ni tiene su existencia mas aurora 
que el humilde cariño con que adora 
la tierna esposa i la feraz montaña. 

Naturaleza virgen! yo te admiro, 
pues siempre das al que tu seno labra, 
por toda gloria plácido retiro, 
por lenguaje el poema del suspiro 
incapaz de imitar nuestra palabra! 

Te admiro del Otoño en la tristeza 
como presajio de que el mundo engaña: 
pues muere una ilusión en mi cabeza 
por cada hoja mustia en que tropieza 
el rudo labrador de la montaña!... 

Los Andes, 1904. 



§> *^aí& «üH^* W 







Cuerdos i locos 



A mi amigo don Bernardino Quijada B. 

En esas tardes cuando el cielo viste, 
El mas hermoso de sus muchos trajes, 
Aquel de campo azul, que el sol ya triste 
De rosa-viola tornasol reviste 
I circundan las nubes en encajes. 



En una de esas tardes los insanos 
Visitaba en su asilo, conmovido, 
Meditando cuan pronto los humanos 
So pretesto. de cuerdos soberanos, 
Arrojan a los locos al olvido. 



— 112 — 

Mas, de pronto fíjeme en la figura 
De un hombre joven que hasta mi llegaba 
I en arranques de tétrica locura 
Me decía con íntima amargura 
Señalando al guardián que lo espiaba: 



«Señor, aquel infame me ha robado 
Todo el tesoro que hasta ayer tenia; 
I me obliga a vivir casi aislado 
Porque dice el doctor que el mal estado 
De mi mente se agrava cada día». 



«Miradle», replicaba furibundo 
Al ver aproximarse a su enemigo, 
«El es la causa del aspecto inmundo 
Que presenta mi cuerpo moribundo, 
Cansado de sufrir tanto castigo.» 



I alejóse al instante el pobre mozo; 
Mientras el guardia que hasta mi llegaba, 
Bajando de su capa el grueso embozo, 
Alargóme una esquela, temeroso, 
Diciendo en tanto que su abrigo alzaba: 



— H3 — 

«Al loco, que os habló no hace un momento, 
Con solícito esmero le espiamos, 
Porque el mismo dolor i abatimiento 
Estravía aun mas su pensamiento 
Cuando escribir a solas le dejamos». 



Prosiguió su camino el veterano, 
I al verme sólo desdoblé la carta 
En que había trazado el pobre insano 
Con un carbón i temblorosa mano, 
Estas estrofas que llamaba «A MARTA». 



«No sé lo que en verdad haya ocurrido 
En la edad auroral de mi existencia; 
El recuerdo de amor es blando nido 
Que destruye el invierno del olvido 
En la lóbrega noche de la ausencia.» 



«¿Fué un sueño que forjó mi fantasía, 
Algún delirio de mi mente loca; 
Ese amor que en mi pecho todavía, 
Con la misma ternura de aquel dia, 
El fuego enciende i al placer provoca?» 



— ii4 — 

«¿Es verdad o ilusión el que haya sido 
En dias mas felices i mejores, 
En justo pago de mi amor rendido, 
De una bella mujer correspondido 
Con el don celestial de sus amores?» 



«¿Será verdad que mi razón perdida 
Las ideas confunde en mi memoria, 
I al creer escuchar su voz mentida, 
Las revueltas escenas de mi vida 
Confundo con los hechos de otra historia?» 



«¡Oh, cerebro incapaz, deten tu vuelo 
I al alma cede de tu impropio oficio 
El noble sitio que robaste al cielo, 
En la soberbia de tu ardiente anhelo 
Padre queriendo ser del recto juicio!» 



«Tú no puedes guardar lo que no muere 
Pues que cambia contigo la materia, 
I la razón del hombre no prefiere 
Puesto que el propio sentimiento hiere, 
La luz de lo inmortal por la miseria!» 



— ii5 - 

Quédeme absorto como aquel que ha oído 
De marchar al cadalso la sentencia; 
Guárdeme el pliego, me alejé aturdido, 
Di una moneda al guardia i sin sentido 
Pedí para el insano mas clemencia. 



Al entrar en mi alcoba de regreso 
Me arrojé sobre el lecho; i aunque quise 
Alejar de mi mente aquel suceso, 
Sentía dentro el alma todo el peso 
De cuanto habia dicho el infelice. 



¿No era acaso verdad cuánto decia 
Aquel hombre tenido por un loco...? 
;Quién lo contrario demostrar podría, 
Cuando los cuerdos a la luz del dia 
Nada nos dicen de su ciencia al foco? 



;No seria, tal vez, que el desgraciado 
Al sumerjir su mente en el abismo 
De su propia existencia en tal estado, 
Llegaba hasta tocar lo no esplorado 
Allá en lo ideal de su cerebro mismo?... 



— u6 — 

¡Pobres cuerdos que apenas, de la llave 
Por el ojo, conocen la existencia; 
I dueños ya de la preciosa clave 
Esclaman: «El cerebro es quien lo sabe 
Basado en la inducción de la esperiencia». 

Sabio, tu imperio a comprender no alcanza 
Esa fuerza inmortal, desconocida, 
Que dá impulso en el alma a la esperanza, 
I al universo que a lo eterno avanza 
El jérmen derramando de la vida. 

I a mi modo de ver, si mal no pienso, 
Sin ofender las luces de la ciencia, 
Es este mundo un manicomio inmenso 
Donde un loco arrebata a otro indefenso 
Su parte en el festin de la existencia! 

Santiago, 1904. 




De profunciiSe 



No he podido olvidar aquel instante 
cuando al salir del templo presurosa 
para aguardar los novios, tu semblante 
ocultaste a mis ojos ruborosa. 

Jamas creí que al corazón dormido 
esa sola mirada despertara, 
todo el recuerdo de ese amor mentido 
que otro tiempo tu labio me jurara. 



A Ella. 



Te seguí sin quererlo... dentro el pecho 
palpitó el corazón acelerado, 
i hallando el mundo a su dolor estrecho 
hundióse en las penumbras del pasado. 



— n8 — 

¿Cómo podria ser que también ella 
gustase de admirar los azahares 
sobre la frente de la novia bella 
que ha jurado su amor en los altares? 



¿Cómo podia ser que allí estuviera 
aguardando a los tiernos deposados, 
la misma ingrata que la fé sincera 
profanó de mis sueños mas amados? 



Como aquel que despierta de un ensueño 
i palpa la verdad amarga i dura, 
despertó el corazón del mudo sueño 
en que ayer le sumió su desventura. 

Cual bandada de nítidas palomas 
que buscan de sus nidos los aleros: 
como vienen las brisas los aromas 
a libar en los verdes limoneros, 

Llegaron a mi mente presurosos 
los recuerdos felices de esos dias, 
cuando beso tras beso, mis sollozos 
en sonrisas de amor cambiar solías. 



— ii 9 

Sentí en lo mas profundo de mi alma 
todo el dolor de la ilusión perdida, 
que ayer no mas en venturosa calma 
embelleció las horas de mi vida. 

I fijaba mi vista en tu semblante 
buscando de mi amor alguna huella, 
como busca en el mar el navegante 
la tenue luz de la lejana estrella. 

Pero nada encontraba que pudiera 
denunciarme tus íntimas congojas; 
ni aun la flor de la ilusión primera 
dejó en tu pecho sus marchitas hojas! 

No acertaba a esplicarme ese contento 
que irradiaba en tu rostro apasionado, 
i aun creia al contemplarte atento 
que no eras la mujer que me ha engañado. 

Tan estraño a mis ojos parecia 
de ese tu rostro la insensible caima, 
que llegué hasta pensar que en tí no había 
nada de aquello que llamamos alma. 



— 120 — 

No acertaba a pensar como es que hubieras 
olvidado mi amor hasta el estremo 
de reir cual se rie a las primeras 
caricias tiernas del amor supremo. 

No acertaba a creer, cuando miraba 
en tu rostro el contento i la alegría, 
que tu pudieras ser la que enlutaba 
mis ensueños de amor i poesía. 

Pero aun cuando tenga tu mirada 
esa tierna espresion, esa dulzura, 
semejante a la brisa perfumada 
que respira el viajero en la llanura, 

Falta a tu frente ese divino sello 
que imprime sobre el rostro la inocencia; 
ese aire seductor, humilde i bello 
que inspira majestad i reverencia. 

Perdió tu faz purísima el encanto 
que en otro tiempo cautivó mi pecho, 
i en vano quieres ocultarme el llanto 
en la risa glacial de tu despecho. 



— 121 — 

Todo ha muerto, mujer; así es la vida, 
en el trascurso de los breves años 
vamos en pos de la ilusión querida 
para gustar después los desengaños. 

I es preciso sufrir en este suelo 
para gustar la dicha pasajera, 
como en los dias del invierno el hielo 
nos hace ambicionar la primavera. 

Te bendigo, mujer; así es el mundo, 
i asi es también el corazón humano; 
ante los ojos de lo ideal, profundo, 
i ante los ojos de lo cierto, vano! 

I conozco el porqué, de aquel instante 
cuando al bajar del templo presurosa 
para aguardar los novios, tu semblante 
ocultaste a mis ojos ruborosa... 

Santiago, 1904, 



- — ^ »- 



Kimas* 



A M. d'Hainaut. 



Hermosa estrella, que brilla fúljida 
En lo mas alto del cielo azul, 
Como una lágrima de cariño; 
Eso eres tú. 

Frájil velero, que la tormenta 
Del mar azota con el furor, 
Sin mas ausilio que lo infinito; 
Eso soi yo. 



Fragante rosa, que a la mañana 
Enamorada besa la luz 
En el perfume de su corola; 
Eso eres tú. 



— 124 — 

Doliente queja, de ignota lira, 
Que un bardo tañe junto al balcón, 
Allá en la noche de despedida; 
Eso soi yo. 



Santiago, 1904. 










Orgullo. 



A los ilustres zánganos. 



Nada me importa que la torpe injuria 
De la imbécil canalla hiera impía: 
Yo soi la roca que del mar la furia 
En la recia tormenta desafía. 

Que otros teman sus burlas, no me admira; 
Todos no saben conocer al hombre, 
I no todos perciben la mentira 
Que oculta el brillo de un ilustre nombre. 

Torpes sabuesos, que cojéis las migas 
En la dorada mesa del magnate, 
Cuya falsa fortuna con intrigas 
Quita al débil en pérfido combate; 



— I2Ó — 

Torpes, que despreciáis al que en el templo 
Del humilde taller os da la vida, 
I en vez de aprovechar su noble ejemplo 
Os burláis con el alma envilecida; 

Gozad cuanto alcancéis, porque ya empieza 
A sentir nuestro pueblo el fuerte peso 
De esos cráneos huecos do tropieza 
El luminoso carro del Progreso. 

El siglo de la luz, sobre esas frentes, 
Que empapa el trabajar de cada día, 
Disipará las sombras i potentes 
Han de humillar vuestra soberbia impía. 

No necesita nuestra patria amada, 
Parásitos que agoten el tesoro 
De su pueblo viril, que en afanada 
Labor nos brinda con sus frutos de oro. 



Atrás cobardes, que negáis los hechos 
De la existencia en el luchar ferviente, 
I cual buitres voraces, satisfechos 
Contempláis sucumbir al inocente. 



— 127 — 

Imbécil caravana, que paseas 
Por salones, teatros i portales 
Del ilustre abolengo las ideas 
Pregonando insolente en tus modales; 

Mas noble es el que gana su existencia, 
O el que glorias conquista con desvelos, 
Que la roñosa estirpe i opulencia 
Que os legaron los zánganos abuelos! 



Santiago 1904, 



-• a» » ■ ♦ 



£t mi Sultana 



Leonora, de las mujeres, 
la que amé con mas afán, 
escucha mi voz si quieres 
que no olvides sus deberes 
para contigo el sultán. 



¿Recuerdas cuántos abriles 
brillaban en esta frente, 
cuando, con gracias jentiles, 
mis ensueños juveniles 
cambiaste en amor ardiente? 



9 10 



— 130 - 

¿I recuerdas cuando ufana, 
entre cantos i loores, 
mi voluntad soberana 
te proclamó la sultana 
del harem de mis amores? 



¡Oh dulces tardes de estío, 
apacibles, sin rumor, 
cuando, a la orilla del rio, 
guardaba el boscaje umbrío 
nuestros secretos de amor... 



I aquellas noches de invierno 
cuando, al son de guzla mora, 
en un beso dulce i tierno, 
disfrutando el goce eterno 
nos encontraba la aurora!... 



Pero tu orgullo fué tanto 
que olvidaste a tu sultán, 
que hoi recuerda entre su llanto 
aquellas horas de encanto 
que ya jamas volverán. 



— i3i — 

Orgullo! espejismo incierto 
que trastorna a la mujer, 
como el moro del desierto, 
mostrando de oro cubierto 
el camino del placer!... 



Mas, ya que todo ha concluido 
por tu engaño i mala fé, 
escucha, mi bien perdido, 
la canción que del olvido 
esta mañana arranqué: 



—Es cosa ya mui sabida 
que en este mundo traidor, 
a la que es mas advertida 
le suele dar en la vida 
mas recio golpe el amor. 



Así, pues, tan orgullosa 
no alces la frente, sultana, 
que para mí, mas hermosa 
es la mujer virtuosa 
que no la soberbia i vana. 



— 132 — 

I por si andas a la zaga 
de algún otro, escucha bien: 
cuando un amor no le halaga 
mi corazón siempre paga 
el desdén con el desdén. 



Santiago, 1904. 



Primavera i jm>enfu3 



A Manuel Valenzueia R. 



I 



¡Oh, bello sol, que tus cabellos rubios, 

en ardientes efluvios, 
esparces al nacer la primavera 
sobre el fecundo llano, en que florece 

el lirio que se mece 
a los besos del aura pasajera! 



II 



¡Oh, dulce ambiente, perfumado i suave, 
como el himno del ave 
que embriagada de amor canta en su nido; 



— 134 — 

con qué delicia, en apacible calma, 

rae acaricias el alma 
cuando te aspiro de placer henchido! 

III 

Con qué alegría en la mañana hermosa, 

sus pétalos la rosa 
entreabre al sol, cuajados de rocío: 
i asoman las violetas sus corolas, 

que se besan a solas 
entre la yerba del boscaje umbrío. 

IV 

¡Cómo esparcen alegres sus olores 
las policromas flores, 
de los juncos, claveles i verbenas, 
trepa por la reja el jazminero, 
i al pié del limonero, 
se entrelazan los nardos i azucenas! 



V 



I vuelan las pintadas mariposas, 
cual puñado de rosas, 
buscando el néctar del abierto broche, 



— i 3 5 — 

donde un rayo de sol, por ofenderlas, 

evapora las perlas 
del benéfico llanto de la noche! 

VI 

¡Cómo enlazan almendros i perales, 

duraznos i guindales, 
sus florecillas blancas i bermejas; 
donde en busca de miel i polen de oro, 

en murmurante coro 
van i vienen i zumban las abejas! 

VII 

¡Oh, primavera, juventud del año, 

no a tu belleza estraño 
se adormeció mi plectro al contemplarte: 
pues, tan sólo en tus galas interpreta 

el alma del poeta 
la mas sublime concepción del Arte! 

VIII 

Yo te admiro estación, en que las flores 
de aromas i colores 
hacen derroche al ostentar sus galas: 



— 136 — 

que así también en mi niñez florida 

imajiné la vida 
al tender mi ilusión sus blancas alas! 

IX 

Venid, venid a mí, de aquellos dias 
de encantos i alegrías, 

gratos recuerdos de la edad dichosa; 

en que amé a esa mujer encantadora 
que aquí en mi pecho mora 

como en abierta flor la mariposa! 



X 



¡Oh, tierna primavera de la vida! 

¡Oh, juventud florida! 
en que, al lucir el sol de la existencia, 
abre el amor sus flores perfumadas 

para ser deshojadas 
en la tarde otoñal de la esperiencia! 



Santiago, 1904. 



Smbkma 



Sobre su seno blanco como armiño 
lleva, Glafira, la mujer que adoro, 
el emblema inmortal de mi cariño, 
una preciosa crucecita de oro 
que me obsequió mi madre cuando niño. 

Hermoso es el recuerdo de aquel dia 
cuando, al cielo poniendo por testigo, 
ante mi tierna ofrenda me deciar 
«Tuyo será mi amor; ella conmigo 
irá hasta el polvo de la tumba fría». 



«Ella será la imájen adorada 
que en el altar de mi ilusión querida, 



- i38 - 

el alma en sacerdote trasformada 
consagrará las horas de la vida 
para adorarla siempre prosternada». 

«Tú la verás aquí sobre mi pecho, 
teniendo el corazón por incensario 
entre las llamas de mi amor deshecho, 
cual la llevó Jesús hasta el Calvario 
para morir en ella satisfecho». 

«Ella será el objeto de mi orgullo; 
la estrella tutelar de mi fortuna, 
que ha de alumbrar mi porvenir que es tuyo 
cuando, velando al borde de una cuna, 
escuche un ánjel mi materno arrullo». 

Enmudeció su voz. ¡Ah, cuan hermosas 
por sus frescas mejillas resbalaron 
las perlas de su llanto, silenciosas, 
que al fuego de su amor se evaporaron 
como el rocío en las abiertas rosas! 

Sagrado emblema de mi amor primero, 
sobre su casto seno duerme en calma, 
que en cambio de su amor nada prefiero, 



— 139 — 

i dila que la adoro i que la quiero 
con todo el corazón, con toda el alma! 

Sé, tú, la imájen de la fé sincera 
con que he de amarla mientras ella sea: 
de mi vida la dulce compañera, 
de mis sueños la alegre Primavera, 
de mi numen sin luz brillante idea! 



Santiago, 1905. 



-<«*#«*- 



mm>*m&^ 




3§£ ^T^ ^a^ 



Paseo matinal 



A la Sra. L, G. de C 



Una mañana fresca i sonrosada, 
Nubes de gasa entretejiendo el sol, 
La laguna del Parque abandonada, 
Los jardines tranquilos, sin rumor. 



Allá en su cauce murmurando el rio, 
I los prados luciendo su verdor, 
Con sus flores cuajadas de rocío 
I su arroyo saltando en el peñón. 



— 142 — 

Artísticos escaños en la sombra 
Invitando al viajero a reposar, 
I como hundidos en la verde alfombra 
Los árboles del Parque Forestal. 

Allí brotando cristalina fuente, 
Aquí quebrando un risco su caudal, 
I entre un bosque de cañas ancho puente 
Luciendo sus maderas sin labrar. 

I al subir el repecho de la falda 
La laguna que invita a navegar, 
I rodeada de botes la «Esmeralda» 
Como niños jugando al gavilaii. 

Que recuerdos tan bellos! mi memoria 
Jamas, señora mia, ha de olvidar 
Esa hermosa mañana cuya historia 
Llamaremos «El Parque Forestal.» 

Un golpe de los remos fué partida 
I ocupamos el bote sin temor, 
A vuestro lado Lela i en seguida 
Glafira a proa, i en el centro, yo. 



— 143 ~ 

La mañana era fresca; dulcemente 
Deslizábase el bote sin rumor. 
Saltaba alegre en el peñón la fuente 
I sobre el agua sonreía el sol. 

Nada turbaba la inocente calma 
De nuestro mutuo i singular placer; 
Todo invitaba a disfrutar al alma, 
A escepcion de la estatua de Luzbel; 

Que parecía, sobre el borde alzado, 
Con sus ojos salientes, espiar 
La espresion de su rostro reflejado 
Del agua sobre el límpido cristal. 

Bien luego quedó atrás; i alegremente 
Disertó cada cual sobre el amor, 
Mientras saltaba en el peñón la fuente 
I sonreía sobre el agua el sol... 

¿Recordareis, señora, tantas cosas 
Como habéis visto i disfrutado acá? 
I Olvidareis las horas tan dichosas 
Que sincera nos brinda la amistad? 



— 144 — 

No las olvidareis; i vuestra mente 
Sin quererlo, sin duda, ha de evocar 
Algún recuerdo del amigo ausente 
O la historia del Parque Forestal. 



Santiago, 1905. 



SuvenfuH, Patria i Poesía. 



(A mi amigo A, Miranda) 



I 



Compañero» verdad, en este suelo, 
Do la belleza por doquier se admira, 
Necesario es pulsar bajo el anhelo 
De nuestra juventud la tierna lira» 



II 



¿Quién no siente un impulso soberano 
Al ver en primavera cuál se cubre 
Este precioso i dilatado llano 
De ricas flores en el mes de Octubre? 



— 146 — 

III 

¿Quién no arranca una nota de armonía 
Al contemplar el campo en el estío, 
Si mece el aura la floresta umbría 
I se desliza el murmurante rio? 



IV 



I nuestras playas contemplando a solas, 
c Quién no siente un placer al ver la orilla 
Que acarician del mar las suaves olas, 
Arrastrando la plácida barquilla? 



I al mirar esas cumbres empinadas 
Del Andes, en la tarde hacia el oriente, 
Por el sol moribundo sonrojadas, 
¿Quién un patrio recuerdo en sí no siente? 

VI 

¡Un Edén es la patria que nos guia, 
Plantado de la tierra en un estremo, 
Donde respira todo poesía 
I todo ensalza al Hacedor Supremo! 



147 



VII 

Do se eleva glorioso, independiente, 
Galardón de la tierra americana, 
El pueblo noble, luchador, valiente, 
De la indómita raza araucanal 

VIII 

Por eso 9 amigo, nuestra frente ajita 
Esa fuerza inmortal que todo admira 
I a cantar las grandezas nos incita 
En las cuerdas vibrantes de la lira. 

IX 

I en nuestra juventud que el alma goza, 
Despierta un sentimiento santo i puro 
Que nos hace la vida mas hermosa 
I menos triste el porvenir oscuro. 

Santiago, 1905. 



•*MM»~ 




^1^» ^¡f& ^[§^®i^? ^li«S» ^4^ 



GL un amigo 



«Vanidad es amar lo que tan 
presto se pasa». — Kempis. 

No te dejes llevar, amigo mió, 
Por esa torpe vanidad humana 
Que arrastra en su corriente, 
Por fútil i por vana, 
La decrépita jente 
Por quien la ingrata sociedad se afana. 

Guárdate de imitar en tus modales 
Las siúticas maneras 
De aquella juventud que en los portales, 
De pié ante las vidrieras, 



— 150 — 

Cual si fueran avisos comerciales, 

Pasan horas enteras 

Mirando desfilar las herederas 

Que al fin tienen mas deudas que caudales 

En tu modo de ser como en tu traje, 
No permitas jamas que doña Moda 
Te imponga tu tirano vasallaje; 
Porque al fin es el pato de la boda 
El que derrocha su fortuna toda 
Por querer que ninguno le aventaje: 
Que así como en la noche mas oscura 
Mejor el disco de la luna brilla, 
Luce mas el talento i la hermosura 
La persona sencilla. 

No busques la amistad del poderoso, 
Pues si llega a obsequiarte 
Con trato bondadoso, 
Lo hará por esplotarte; 
Que en los tiempos fatales que vivimos, 
Las estafas con mimos 
Son los triunfos del arte, 

Busca siempre al amigo entre tu clase 
I cuida que en su chanza 



— i5i — 

Jamas se sobrepase 

De la simple amistad a la confianza; 

I de esto no te olvides, 

Pues del mundo en las lides 

Nunca falta a un Quijote un Sancho Panza. 

Muchos son los que tienden una mano 
Para estrechar la nuestra; 
Pero a mas del hermano, 
Vive Dios, que no existe un hombre sano 
Que merezca la diestra. 

Todo está tan perdido, 

mas propio, talvez, tan corrompido, 
Que el amor al deber, dogma sagrado 
A quien hemos debido 

La gloria de los hombres del pasado, 
Es hoi dia, sin duda, 
El templo abandonado 
Donde el crimen se escuda. 

Allí refujio encuentra el mandatario 
Que las arcas desnuda; 

1 la Iglesia esplotando su santuario, 
Desde el pulpito esclama: 



— 152 — 

«El amor al deber es cristianismo»; 

Mientras grita el sectario: 

«El amor al deber es patriotismo* . 

Así á la Patria en su favor invoca 
El tribuno del dia, 

Que el entusiasmo por doquier provoca, 
Cuando quiere probar a sangre fría 
Que la parte contraria se halla loca. 

Huye, amigo, al contacto pernicioso 
De esa tropa de viles mercaderes 
Que en su vivir ocioso 
Nos dice, sin querer, lo poco honroso 
Del modo de adquirir esos haberes 
Con que sacian, indignos, sus placeres. 

Aléjate del ruido, i mas que todo, 
Evita que a tu alma i a tu frente 
La decrépita jente 
Las salpique con lodo. 

Vale mas esa vida retirada 
De la serena estancia, 
Que del triunfo la palma deseada, 
Que trae por ganancia 



— 153 — 

La envidia de la fama conquistada 

A costa, si se quiere, 

Del infeliz vencido 

Que al verse de su pan desposeído 

I ya impotente para el triunfo, muere. 

No trates de volver al buen camino 
Al soberbio magnate, 
Ni te importe lo falso i lo mezquino 
De los que enseñan el amor divino; 
Porque, a mas que su frente no se abate, 
Siempre llevan consigo 
Ciertas armas vedadas al combate 
Que dan cobarde muerte al enemigo. 

Si quieres ser feliz, ten paz i calma, 
I de austera virtud da noble ejemplo; 
I busca siempre a Dios dentro de tu alma, 
Pero nunca en el templo. 

Si buscas la verdad santa i bendita 
De aquel enigma que en tu ser se ajita, 
Antes de ser blasfemo, 
Contempla el Universo en que está escrita, 
Del uno al otro estremo, 
La grandeza infinita 
Del Hacedor Supremo. 



— 154 — 

No olvides que es el bien mas duradero 
El estudio, que al fin la dicha labra; 
I procura en tu vida ser sincero 
Lo mismo en tu amistad que en tu palabra. 

Defiende siempre el ideal profundo 
Que cada semejante es un hermano 
I haz lo increíble por el bien del mundo, 
Que amar la Humanidad es ser humano. 

Santiago, 1905. 



- 4M«*ft>- 



Perfumes ele azahar 



Cuando tengamos 
una casita 2 
chica i bonita 
como un jardín, 
donde florezcan 
las azucenas 
i las verbenas 
junto al jazmín: 



Con que alegría 
disfrutaremos 
de los supremos 
goces de amor, 



- , 5 6 - 

bajo las ramas 
exuberantes 
de los fragantes 
limos en flor 

En esas tardes 
de primavera, 
cuando lijera 
vuelva a posar 
sus blancas alas 
la mariposa, 
sobre la rosa 
i el azahar: 

Con qué dulzura 
sobre tu frente 
el beso ardiente 
sabré imprimir, 
con que a la esposa 
dice el esposo 
cuanto es hermoso 
su porvenir. 

Será mui bello 
mi hogar querido 
como es el nido 



— H? — 

del ruiseñor; 
yo seré tuyo 
tú seras mía 
i mi alegría 
será tu amor 

Si un dia en prem io 
de mis desvelos 
nos dan los cielos 
un serafín, 
cual gozaremos 
mientras jugando 
corra saltando 
por el jardin. 

Tendremos todo 
lo necesario 
en el santuario 
de nuestro hogar, 
un saloncito 
bien amoblado, 
su piano a un lado 
donde estudiar. 

I allá un hermoso 
lecho de encajes 



- 158 - 

con cortinajes 
de seda azul, 
i una cunita 
linda i graciosa 
color de rosa 
forrada en tul. 



Muebles de lujo 
sillas bordadas, 
colchas hiladas 
con tu primor, 
ricos divanes 
con almohadones, 
cuadros, jarrones 
i un Redentor. 



Un escritorio 
con buen estante, 
donde constante 
me halles allí, 
siempre estudiando 
para ser hombre, 
digno de un nombre 
que te honre a tí. 



159 — 

Ah! que alegría 
disfrutaremos 
cuando habitemos 
en nuestro hogai% 
junto a los limos 
exuberantes 
con sus fragantes 
copos de azahar. 



Santiago, 1905. 



-■^SHMflfr- 



Glnfe "£ct Quimera". 



(Escultura de N. Plaza) 



IMPROVISACIÓN 



Si el alma del artista yo tuviera, 
Cuántas cosas divinas me contara 
El alma que destroza esta Quimera 
Enjendrada en el mármol de Carrara. 



Ven, maestro, i esplícanos tú mismo 
Cómo pudo salvar tu diestra mano 
Entre el alma i la piedra el ancho abismo, 
En un rasgo de jenio sobrehumano, 



— IÓ2 — 

Salve, hermosa creación! para admirarte 
El alma del artista yo quisiera; 
Porque al fin su lenguaje tiene el Arte 
Como tiene un poema «La Quimera». 

Santiago, 1905, 



flmor i ^Filosofía. 



A Pedro Prado C. 



¿Quién no ha sentido palpitar de gozo 
al despuntar la aurora de la vida, 
el corazón rendido i jeneroso, 
cuando nos dice la mujer querida: 
cYo, tu novia he de ser i tú mi esposo»? 

II 

¿Quién me dirá que la ilusión primera 
como un frájil castillo se derrumba; 
que todo aquel amor sólo es quimera, 
que cual la flor, al borde de la tumba 
se deshoja al nacer la primavera? 



164 — 



III 



¿Por qué todo ha de ser miseria i llanto, 
i de la cuna a la mansión sombría 
al sueño ha de seguir el desencanto 
sin que tenga jamas la poesía 
algo que inspire su celeste canto? 



IV 



¿Por qué ha de ser el corazón humano 
el sepulcro de tantas ilusiones, 
i no ha de haber un corazón hermano 
que al impulso de nobles emociones, 
nos dé un rayo de luz en tanto arcano? 



V 



¿Por qué la juventud, siendo tan bella, 
ha de ser el objeto en que el destino 
con mas furia sus ráfagas estrella, 
dejando como el polvo del camino 
sobre la frente del dolor la huella? 



- 165 - 



VI 



¿No ha de haber en tan árido desierto 
la benéfica sombra de una palma, 
o el abrigo seguro de algún puerto, 
en donde pueda sin peligro el alma 
descansar de este viaje tan incierto? 

VII 

¡Oh, ceñuda i fatal filosofía, 
no digáis que es mentira cuanto encierra, 
desde la cuna a la mansión sombría, 
para nosotros esta amada tierra 
que inspira nuestro canto de alegría! 

VIII 

¡No marchitéis la juventud hermosa 
tronchando en flor sus juveniles galas, 
dejad que rompa su botón la rosa 
i esparza su perfume, en que sus alas 
embriague la ilusión cual mariposa! 



— t66 — 



IX 



En vano, en vano, la severa ciencia 
del filósofo empírico i profundo 
nos quiere amedrentar con la esperiencia; 
pero hai algo sublime en este mundo 
i es, sin duda, el amor de la inocencia. 



X 



Venid a combatirme, grandes sabios 
que a vuestras plantas contempláis el orbe, 
sin el temor de provocarme agravios, 
si no es verdad que nuestra mente absorbe 
la divina mujer entre sus labios. 



XI 



Si no es verdad que una fugaz sonrisa 
o de unos ojos el divino dardo, 
se lleva vuestra ciencia cual la brisa 
las plumulillas de la flor del cardo 
con que la grama del pensil tapiza. 



— 167 — 



XII 



¡Oh, filósofos, sabios, pensadores, 
que ante un problema os devanáis los sesos, 
meditad un instante en los amores 
de nuestra juventud, en cuyos besos 
hai perfumes mas dulces que en las flores. 

XIII 

Dirijir vuestra mente a la grandeza 
que encierra el fuego del primer cariño; 
cuando la sabia i gran Naturaleza 
hablando aun al inocente niño 
le dice al hombre que la vida empieza. 

XIV 

No desprecies con desdeñoso ceño 
lo mas sublime al corazón del hombre; 
que por mas que la vida sea un sueño 
siempre llevamos al sepulcro un nombre, 
santo recuerdo del primer ensueño. 



1 68 



XV 

Enseñadnos, vosotros, el idioma 
para espresar lo que el amor inspira, 
cuando el clavel entre la nieve asoma 
de la casta doncella que suspira 
i busca de las flores el aroma. 



XVI 

¿Por qué en la primavera se extasía 
ha hermosa niña al contemplar los nidos, 
que fabrican cantando de alegría 
las avecillas" en la huerta umbría 
entre altísimos árboles floridos? 

XVII 

¿Por qué se siente el alma tan dichosa, 
tan feliz, tan alegre, tan contenta, 
cuando miramos a la niña hermosa 
que entre su blonda cabellera ostenta 
nuestra obsequiada flor mas orgullosa? 



1 69 



XVIII 

¿Por qué tienen tan gratos atractivos 
para nosotros unos lindos ojos, 
que son tanto mas bellos cuanto esquivos; 
i nos parecen unos labios rojos 
tan dulces cuanto mas despreciativos? 

XIX 

¿Por qué, en fin, sin saberlo nos fascina 
el eco de una voz arrulladora, 
i allá en la tarde cuando el sol declina, 
nos parece escucharla, cuando llora, 
la dulce brisa en la frondosa encina? 



XX 

¡Oh, dulce amor de la ilusión primera, 
himno del alma a lá inmortal Natura, 
flor que rompe al nacer la primavera 
el hermoso cristal de su clausura, 
esparciendo su aroma por doquiera! 



170 — 



XXI 

¡Embriaguez deliciosa que nos lleva 
a la patria inmortal de los querubes, 
donde al aliento de una vida nueva, 
posada como un Dios sobre las nubes, 
su canto el alma del poeta eleva! 

XXII 

¡No marchitéis la juventud hermosa, 
dejad que luzca sus radiantes galas, 
dejad que rompa su botón la rosa, 
i esparza su perfume en que sus alas 
embriague la ilusión cual mariposa! 



Santiago, 1905. 



Desde lejos 



(a orillas del rio bueno) 



A Glafira. 



Ven aquí, dulce bien mió, 
a contemplar cual dilata 
sus aguas el manso rio, 
como una cinta de plata 
tendida entre el bosque umbrío. 



Aquí perfumes i amores 
respira la selva umbría, 
i juegan entre las flores 
los céfiros bullidores 
con incesante alegría. 



— 172 — 

Ven a admirar el ramaje 
que se inclina sobre el agua, 
i besa el manso oleaje 
donde la rauda piragua 
rompe de espuma el encaje. 

Donde crecen los heléchos 
bajo frondosos canelos, 
i los robles, satisfechos 
de su firmeza, a los cielos 
alzan sus troncos derechos. 

Donde crecen los mañúes 
i engalanan los copikues, 
con sus flores los pelúes, 
i se cimbran los colihues 
como flexibles bambúes. 

Aquí hallarán tus pinceles 
paisajes bellos que creo 
no ha soñado el mismo Apeles, 
i encontrará mi deseo 
para tu frente laureles. 

Ven, no tardes; tu bien sabes 
cuanto me agrada a tu lado 



— 173 — 

escuchar los himnos suaves 
de ese lenguaje ignorado 
con que se espresan las aves. 

Aquí también al nacer 
la aurora del nuevo dia, 
alza el mundo de placer 
con celestial armonía 
un himno al Supremo Ser. 

Abren sus frescas corolas 
llenas de aromas las flores, 
i encrespa el río sus olas 
i a la selva sus amores 
canta en dulces barcarolas... 

Escucha mi voz sentida, 
no tardes, dulce bien mió, 
ven a gozar de la vida 
aquí a la orilla del rio 
junto a la selva florida. 



Bellavista, 1906. 




m <s#!^ ^m* 



SI monarca 3el bosque 



Visitando un troncó jigantesco en los 
bosques de Llanquihue. 



A María Shilling S. 



Era una tarde del hermoso estío; 
la fresca brisa, perfumada i grata, 
mecía dulcemente el bosque umbrío 
por donde iba la alegre cabalgata. 



Una mostraba la veloz carrera 
de su inquieto corcel, Hena de gozo; 
mientras otras saltaban la barrera 
que formaba en la senda un tronco añoso. 



- 176 — 

I así, de unos la alegre carcajada, 
de otros la broma picaresca i loca, 
nos hizo hallar tan corta la jornada, 
que aunque era larga pareciónos poca. 

Fué preciso cruzar la sementera 
para llegar al sitio deseado, 
donde se hallaba, ¡oh, Dios! quien lo creyera 
el monarca del bosque derribado. 

Quedamos todos al mirarle, mudos; 
allí estaba el jigante yerto i frió, 
aquel que opuso en los inviernos crudos 
robusto tronco al huracán bravio. 

Allí estaba tendido por el suelo 
el mismo roble que en su altiva frente, 
coronada de luz alzaba al cielo 
como rei de la flora de occidente. 

Pero el hombre, ese espíritu mezquino 
que trata de destruir lo que no abarca, 
al mirarlo indefenso, el asesino 
hirió con su hacha al infeliz monarca. 



— 177 — 

Allí su cuerpo con divino llanto 
riega la aurora en matinal rocío, 
i entona el aura funerario canto 
entre las hojas del boscaje umbrío,*.! 

I en tanto nuestra alegre cabalgata 
proseguia su marcha interrumpida, 
yo esclamaba con ira: joh, jente ingrata! 
¿por qué así a vuestro rei quitáis la vida?... 

Rio Negrea 1906. 



Gil lago £lcmquil|ue 



A la Sta. Blanca Wevar B. 



Hoi que mi vista impresionada admira, 
estenso lago, tu grandeza, dime: 
¿no tienes en tus bosques una lira 
para cantar lo que a mi alma inspira 
tu majestad sublime? 



Enmudece la voz cuando Natura 
en sus pajinas de oro nos enseña, 
con la verdad mas pura, 
la leyenda que apenas se diseña 
en la Santa Escritura. 



-<i8o *~ 

I si acaso no alcanza el labio humano 
a espresar la belleza, 
¿cómo podré en un himno soberano 
encerrar tu grandeza? 

¡Salve, hermoso Llanquihue, 
orgullo de mi patria, yo te admiro 
desde el rojo capullo del copihue 
que mece el aura que anhelante aspiro, 
hasta la nieve que circunda en torno 
la sien augusta del volcan Osorno! 

Cuando yo era mui niño 
recuerdo que el maestro de la escuela, 
con paternal cariño, 
de un viejo mapa en la roída tela, 
en donde el tiempo habia 
señalado su estrago, 
enseñaba a los niños a porfía 
el contorno de un lago. 
¡Quién hubiera creido 
que consintiera el hado, 
que todo da al olvido, 

que mas tarde el muchacho vuelto en hombre 
pudiera ante tu vista impresionado 
cantar tu gloria i ensalzar tu nombre! 



— 181 — 

Con cuánto regocijo, los ardores 
huyendo, del verano, en tus riberas, 
sin temer tus furores, 
me he arrojado en tus olas plañideras; 
i con cuánto placer de tus orillas 
he cruzado los bosques seculares 
donde esparcen su aroma las frutillas, 
i en los verdes quilares 
pintadas avecillas 
entonan sus cantares. 

He aspirado con ansia el aire puro 
que exhalan tus montañas, 
i he descendido hasta el rincón oscuro 
donde ocultan los indios sus cabanas. 
¡Cuántos dulces recuerdos en la mente 
resurjen al mirar en sus fornidos 
i recios miembros, el vigor potente 
de aquella raza heroica que de frente 
combatiendo a soldados aguerridos, 
demostraron al viejo continente 
que deseaban morir a ser vencidos. 

¡Oh, las plácidas noches del estío 
cuando el cielo en tus aguas se retrata, 
i desplega con brío,, 



— 182 — 

como un cisne de plata, 
sus alíjeras velas el navio! 

¡Cuántos astros envidian tu fortuna 
al ver como te besa enamorada 
sobre tu faz purísima, arjentada, 
la castísima luna!... 

¡Salve, hermoso Llanquihue, 
orgullo de mi patria, yo te admiro 
desde el rojo capullo del copihue 
que mece el aura que anhelante aspiro, 
hasta la nieve que circunda en torno 
la sien augusta del volcan Osorno! 

Puerto Varas. 1906. 



-<g¡!it».flMifoi¡^~ 



<T> 



J^> <V¿«V* <tJÉU*5 ^ V <uh 




> "' 'h m iiH, l 

¿l/tSS*!* voy #t^* 



«A f& A f» A « A « Af 



Harmonías 



A Matilde Cañas V. 



Qué conjunto tan bello presenta 
El bosque sombrío, 

La puesta del sol. 
Cuántos dulces amores nos cuenta 
El plácido río 

Con dulce rumor. 



— 1 84 



II 



De la tarde los albos celajes 
Dibujan el cielo 

Con oro i zafir. 
Mece el aura los verdes ramajes 
Del alto canelo 

i el roble pellín. 

III 

Entre lianas ocultan sus nidos 
El tierno jilguero, 

La dulce torcaz. 
I en los huimos i iémus floridos 
El tordo parlero 

Construye su hogar. 

IV 

En la selva millares de heléchos 
Enlazan sus hojas 

Con flor de coral. 
I el copihue en fantásticos techos 
Ya blancas o rojas 

Sus flores nos da. 



i85 



V 



¡Oh, qué dulce es el bosque sombrío 
Que en medio su calma 

Me invita a soñar, 
Si al menos pudieran las olas del rio 
Llevarse de mi alma 

La pena mortal! 



Osorno, 1906. 



>ilililii'^«nl 



OH» cliilce poesía! . . . 



En el álbum de B. Nachmann O 

Si de nuevo la dulce poesía 
volver pudiera a mi olvidada lira, 
en ella te cantara, amiga mia, 
todo el amor que tu amistad inspira. 

Pero en vano es pedir flores al huerto 
que vio caer sus hojas en otoño; 
ni menos ¡ai! a mí, pobre árbol muerto 
sin esperanzas ya de algún retoño. 



Murió hace tiempo la ilusión querida, 
casi al instante de dejar la cuna, 
las mas hermosas flores de la vida 
empecé a ver morir una tras una. 



Pasaron tan veloces las tranquilas 
horas de mi niñez encantadora, 
que no sé si lloraron mis pupilas 
el nacer o el morir de aquella aurora. 

Recuerdo apenas esa imájen bella 
de la mujer que me llamó su dueño; 
que el tiempo ha de borrar sin dejar huella 
pues al fin el amor no es mas que un sueñol 

Por eso es que mi canto, amiga mia, 
ya no puede espresar mi sentimiento, 
i le niega la dulce poesía 
su ropaje de luz al pensamiento. 



Si de nuevo a mi lira, Berta hermosa, 
su dulce acento el ruiseñor le diera, 
como ayer, en un pétalo de rosa 
un poema de amor yo te escribiera. 

I al estallar la inspiración ardiente, 
yo podría encerrarte en cada verso, 
los secretos que el Dios Omnipotente 
colocó en cada sol del universo!... 



— 189 — 

Pero en vano es luchar; ¡quien pensada 
que fuera el corazón a los veinte años, 
el duro mármol de la tumba fria 
do guarda juventud sus desengaños! 

Mas, nó por eso, amiga, de mi canto 
escuches impacible el triste acento, 
pues si es dulce el amor, también el llanto 
es la voz inmortal del sentimiento. 

Santiago, 1906. 



Pasión 



Quién pudiera decirte, alma mia, 
de rodillas postrado a tus plantas: 
«Perdonadme, no puedo olvidarte 
yo te quiero con toda mi alma!» 

Quién pudiera tenerte a mi lado 
un instante tan sólo, mi amada, 
bajo el verde follaje del bosque 
sobre el suave tapiz de la grama. 



Cuántas cosas podría decirte 
que no es dade> a mi pluma espresarlas; 
cuántas cosas, mujer, te diria 
al sonoro reir de las auras. 



— IQ2 — 

Cómo viera tus frescas mejillas 
sonrojarse al oir mis palabras, 
i asomar la sonrisa amorosa 
a tus púdicos labios de grana. 

I allí solos los dos, sin que nadie 
sorprendiera mi voz ni tus lágrimas, 
estrechar en mis brazos tu cuerpo 
como el lago al bañarte en sus aguas. 

I escuchar de tus labios el ruego 
penetrar en el fondo de mi alma, 
como el eco fugaz de una nota 
arrancada a las cuerdas del harpa!... 



Santiago, 1906. 



£a selva inútil. 



A LA JUVENTUD INTELECTUAL DE CHILE 

(En la elección presidencial) 
I 



Siempre hermosa i festiva por oriente, 

La aurora despuntaba, 

Uniendo el oro de sus bucles rubios 

Con los hilos de plata, 

Que en la cabeza de los Andes forman 

Las venerables canas, 

Testigos de los siglos que pasaron 

I de los siglos que vendrán mañana! 

Sobre los quedos campos adormidos 

En lechos de esmeralda, 



— 194 — 

Sobre los montes de onduladas cuestas 

De cumbres escarpadas, 

Esparcía su frente esplendorosa 

La nueva luz del alba, 

Que cual clarín de guerra 

Por doquier se dilata 

Llamando a los humanos, de la vida 

A la eterna batalla. 



II 



Junto a la márjen de un airoso rio, 

Que busca la hondonada 

Cruzando atajos i salvando peñas 

Para dar curso a sus veloces aguas, 

Como busca el chileno libertades 

Cuando se quiere encadenar la patria, 

A la sombra magnífica del bosque 

Sobre la verde falda 

Donde olea la hermosa sementera 

I se acarician del maizal las cañas; 

Habita un joven labrador, fornido, 

Con su madre adorada, 

Único encanto que en la ingrata vida 

Alegra su cabana, 

La que a costa de tantos sacrificios 



— 195 — 

Arrancó de las garras 

De aquel señor feudal que tanto tiempo 

Dominó la montaña 

Disponíase ya cual de costumbre, 

Al despuntar el alba, 

Para empezar de nuevo su faena, 

A trepar la montaña, 

Puesto al cinto el machete temerario 

I puesta al hombro el hacha; 

Cuando su madre le llamó á su lado 

I dijo estas palabras: 

— «Llegó el tiempo dichoso del trabajo, 

Ya pasó la estación de las borrascas, 

I es preciso, hijo mió, 

Procurar ante nada 

Remudar los pilares que sostienen 

A duras penas nuestra vieja casa, 

Para tener seguro nuestro albergue 

Cuando retorne la estación helada.» 

III 

Partió el robusto labrador al bosque, 
Que oculta con sus ramas 
Las cristalinas fuentes que del llano 
La ardiente sed apagan, 



— 196 — 

Para subir después hasta las flores 

Convertidas en savia. 

I en tanto dirijía por doquiera 

Su vista en la montaña, 

Buscando el árbol de robusto tronco 

Que digno fuera de oponerse a su hacha, 

I convertido en viga le brindase 

Un seguro sosten para su casa: 

Iba cantando de su bella tierra 

Las alegres tonadas; 

Tiernas estrofas en que guarda el pueblo 

Las dulces remembranzas 

De las pasadas glorias que obtuvieron 

Los hijos de la patria, 

I que son el espejo en que se mira 

La nueva juventud que se levanta; 

Ya que la sociedad no le da ejemplos 

De virtud, que en sus almas 

Venga a ser la semilla que aproveche 

El surco bienhechor de la enseñanza. 

IV 

Cuando su hermoso disco el sol ardiente 
En la mitad del cielo destacaba, 
Mui triste i pensativo 



— 197 — 

El joven labrador tornó a su casa; 

I sentándose al lado de su madre, 

I descolgando de su cinto el hacha, 

Le dijo entristecido, 

Temblándole la voz en la garganta: 

— «No hay un árbol derecho ni robusto 

Que en toda la montaña 

Pueda ser elejido 

Para ser el pilar de nuestra casa; 

Ninguno recto i firme 

De entre tantos arbustos se levanta; 

Todos tienen un tronco diminuto 

I luego muchas ramas 

Cubiertas de hojas verdes i lucientes 

Que no sirven de nada, 

De donde no es posible sacar vigas 

Qug de nuestra cabana, 

Soporten la techumbre que nos brinda 

Seguro albergue en la estación helada.» 



V 



Calló el mancebo, 

I la aflijida madre 

Al pensar en la ruina de su casa 

Lanzó un hondo suspiro, 



_ I9 8 — 

Enjugóse una lágrima, 

í replicó con maternal cariño 

Aparentando calma: 

— «Ya se alzarán altivos los retoños 

De los hermosos robles que ostentaban 

Robusto tronco al huracán bravio, 

Que en medio de la borrasca, 

Como un eco de guerra 

Que doquier se dilata, 

El crujir de sus troncos repetía 

La tierra en sus entrañas. 

Pero el tiempo ceñudo, 

Que hasta la roca del peñón socava, 

Fué por tierra uno a uno derribando 

Hasta dejar la selva despoblada. 

Espera con paciencia 

Que venga esa mañana, 

En que al cielo levanten los retoños 

Fornidos troncos sin mentidas galas, 

Cual las que ostenta nuestra selva inútil 

En sus tallos endebles í en sus ramas.» 

Enmudeció su voz consoladora, 

I el eco de sus últimas palabras 

Repercutió en la selva 

Cual postrero clarín de una batalla. 



199 



VI 



Aquella madre cariñosa i tierna 

Es la imájen querida de la patria, 

Que al ver desgobierno 

Quiere evitar la ruina de su casa; 

I al hijo amante, al labrador fornido, 

Que es nuestro pueblo, que a la ruda España 

Conquistó palmo a palmo su terruño, 

Derramando su sangre en cien batallas: 

Ordena que del tronco mas robusto 

Labre el firme pilar de la cabana, 

Que es el hombre capaz 

De sostener las glorias de la patria. 

Pero ¡ai! que en vano en esa selva inútil, 

Orgullo de las épocas pasadas, 

No hai un hombre que eleve sus ideas 

Cual roble secular de la montaña, 

Como aquellos que fueron otro tiempo 

El seguro sosten de nuestra patria. 

Por eso, juventud, alzad la frente 

I en nuestra edad pasada, 

Buscad ejemplos de virtud que puedan 

El acero templar de vuestras almas. 

Que el honor, el deber i la justicia 



— 20O — 

Cual gloriosos pendones de batalla 
Nos lleven por la senda victoriosa 
Que trazaron los padres de la patria. 
¡Arriba, juventud, alzad la frente 
I empiece la jornada! 

Santiago, 1906. 



-ar-#o- 




5» m^ ^^Wáimm ^^ *tífa * 



GL la instrucción 



Leída en el 93 aniversario de la fundación del 
Instituto Nacional. 

Obra sublime del esfuerzo humano: 
Yo te saludo, i a mi humilde lira 
Quiero arrancar el himno soberano 
Que tu grandeza inspira. 

Es tiempo ya que la bendita ofrenda, 
De mi alma agradecida, 
Venga a dejarte al fin, madre querida, 
Tu que la hermosa senda 
De la verdad mostraste a mi vida, 
Arrancando la venda 
De la ignorancia i de la fe mentida. 



— 202 

Todo podrá borrarse en mi memoria: 
La dulce imájen del primer cariño, 
Los aplausos de gloria, 
Pero no así las gratas impresiones 
Que en mi alma de niño 
Dejaron del maestro las lecciones; 
Cuando con dulce acento 
Solia sus profundas convicciones 
En la cera grabar del pensamiento. 

Para cantar la obra bienhechora 
De la instrucción, preciso 
Le seria a mi mente creadora 
Sorprender aquel himno con que quiso 
Cantar la luz de la primera aurora 
La grandeza inmortal del Paraíso! 

¿Quién podría decir que no ha sentido 
Al pensar en sus viejos profesores, 
De gratitud el pecho conmovido 
Al pensar en sus múltiples favores? 

¿Quién podria negar los beneficios 
Que derrama el saber en nuestra mente; 
I cuántos sacrificios 

Se impone el sembrador de esa simiente, 
Cuando a veces en suelos no propicios, 



Obedeciendo a su doctrina santa, 
Le es necesario sin dañar la planta 
Arrancar la maleza de los vicios? 

La Instrucción es la luz: talvez sin ella 
Imposible nos fuera, 
Darnos cuenta de cómo en su carrera 
Sorprende el hombre la perdida estrella 
Tras de la inmensa i azulada esfera. 
De como en cada flor i en cada fruto 
La célula invisible solo encierra 
El eterno tributo 
Que le brindan los senos de la tierra; 

de cómo en su paso progresivo 
Ha podido llegar a la grandeza, 
Que hoi el mundo disfruta, 
El hombre primitivo 
Que en la indefensa gruta 
Disputaba sus hijos i su presa 
Al diente agudo de la bestia hirsuta. 

Ella nos muestra al mundo 
Surjiendo del profundo 
Letargo en que yacia sepultada 
La materia por siglos eternales, 
Constituyendo la impalpable nada 
De los vastos espacios siderales. 



— 204 — 

Nos lo muestra en seguida 
Poblado de naciones, 
Que derraman el jérmen de la vida 
Del orbe por las múltiples rejiones: 
Ora del polo en los eternos hielos 
Los pobres esquimales. 
Ora el nubio, el ejipcio, el africano, 
El indio americano, 
Gozando de los bosques i los cielos 
De los hermosos climas tropicales. 

I entre las hojas de la Historia, luego, 
Nos muestra como ejemplos: 
Ya el amor al deber del pueblo griego, 
Que nunca se estinguió mientras el fuego 
Ardió ante el ara de sus bellos templos; 
Ya las profundas leyes 
De aquel pueblo romano 
Que hizo llegar su acción hasta sus reyes, 
I al sentirse del orbe soberano, 
Mandó grabar por lema en sus blasones; 
«No hai mas que la razón i mis lejiones*. 
I de pronto la pajina grandiosa 
Nos muestra de la Historia 
Donde escritas dejó Minerva diosa, 
Estas palabras: Libertad, Victoria. 



— 205 — 

Despierta en este instante 
La Humanidad de su profundo sueño 
I dice: *En adelante 
Ya no habrá mas esclavo ni mas dueño*. 

I desde este momento, 
De un polo al otro polo 
Difunde la instrucción su luz hermosa, 
Alza el vuelo atrevido el pensamiento, 
I ya nadie está solo, 
Porque el cerebro humano 
Nos ha enseñado en su ideal profundo, 
Que cada semejante es un hermano 
I un solo hogar el mundo. 

Por eso, Juventud, si en vuestros pechos 
Ya palpitan anhelos de grandeza, 
Amad mucho al estudio, i satisfechos 
Os sentiréis mañana, 
Cuando veáis coronado por los hechos 
El sacrificio de la edad temprana! 

Santiago, 1906. 

~4M«4» 



FE DE ERRA' 



ADVERTENCIA. — Después de correjir las faltas 
indicadas, rómpase este papel. 



Páj. 


Línea 


Dice 


Debe decir 


64 


18 


del 


el 


6 7 


6 


disputábamos 


disfrutábamos 


84 


5 


delces 


dulces 


129 


5 


olvides 


olvide 


152 


12 


dice 


dicen 


168 


7 


ha 


la 


189 


6 


impacible 


impasible 







ÍNDICE 



PÁJS. 

Prólogo 3 

Dedicatoria 5 

A mi madre 7 

La espiga i la rosa 9 

La muerte del poeta 13 

Lejos del hogar 17 

Todos Santos 22 

Eros 25 

Los cipreses 27 

Prisionera de amor 29 

Allegro moderato ^ 

Claro de luna 37 

La Tarde 41 

Ante su tumba 45 

La novia 49 

Acuérdate mí! 55 

Fé i Duda 59 

Primaveral 63 

Sueño de amor 67 



— 208 ~ 

Mirando tu retrato 73 

Tú i yo 75 

Anhelos 77» 

Rogad por mí 79 

Tus besos 83 

Pasionaria 85 

Flores marchitas 93 

Ofrenda fúnebre 95 

Los nomeolvides, 103, 

Otoñal 107 

Cuerdos i locos 111 

De profundis 117 

Rimas 123 

Orgullo 125 

A mi Sultana 129 

Primavera i juventud 135 

Emblema 13a 

Paseo matinal . 141 

Juventud, Patria i Poesía 145 

A un amigo 149 

Perfumes de azahar 155- 

Ante «La Quimera» 161 

Amor i Filosofía 163 

Desde lejos 171 

El monarca del bosque 175 

Al lago Llanquihue 179 

Harmonías 183 

Oh, dulce poesía! 187 

Pasión 191 

La selva inútil 193 

A la Instrucción 201 



fe 

r